Capítulo 9
Al
abrir la puerta entraron en mi casa como si fuera suya. Lin se paró en frente
mío y lo primero que me dijo fue:
Lin: Pero An, ¿Aun estabas en la cama? –negó
con la cabeza. No puede
ser… seguro que con la cabeza que tienes ya no te acuerdas… aight! Qué haremos
contigo… –yo le dije, toda divertida:
Ángela: ¿Regalarme un cerebro mas grande para mi cumpleaños? –me reí unos segundos, entonces fue Viggo quien me dijo:
Viggo: Pero… ¿no te acuerdas que hoy vamos a visitar
a los niños? Los del orfanato al cual irán destinados todos los fondos que
recaudemos con la película que estamos rodando.
Yo solo
abrí los ojos como platos. Tenían razón. Qué cabeza tenía, ya no me acordaba.
Realmente si que necesitaba un cerebro
nuevo. Sin más dilación me cambié y, en unos minutos, ya estaba lista. Pero
aun no sabía lo que me esperaba en el orfanato.
En la
puerta de casa habían dos coches en marcha. Viggo, muy
amablemente, me abrió la puerta. Entre y me senté. Él se sentó delante, al lado
del conductor. Luego me fijé en Orlando, que iba sentado justo a mi lado. Fue
entonces cuando entendí la amabilidad de Viggo.
Orlando me miró y me saludo:
Orlando: Buenos días. –yo me limité a devolverle
el saludo.
Adam prefirió
llevar su propio coche, en lugar de tener a un chofer. Lin se fue con él.
Durante el
trayecto hacia el orfanato miré todo el tiempo por la ventana. Mientras, Viggo
nos daba conversación, tanto a Orlando como a mí, por separado.
Al llegar nos
recibieron en la puerta todos los componentes de la plantilla. Tres niñas
dieron un ramo de flores a cada uno de los chicos. Y Adam, en un momento, se
apartó del grupo y se acercó a Lin. Se arrodilló y dijo:
Adam: Oh Julieta, Julieta… acepta este ramo de flores de tu Romeo. –Lin le dedicó una mirada fulminante. Pero
todos nos reímos de lo lindo.
La directora nos
enseñó todo el centro, y después de visitarlo todo fuimos a ver a los niños y
niñas. Todos gritaron, contentos, cuando vieron aparecer a los maravillosos
actores por la puerta. Les pidieron autógrafos, y que les firmaran las
camisetas. Fue muy divertido verlos a los tres rodeados de niños. Después de la
euforia inicial los niños se calmaron y los dejaron respirar un poco. Pero los
tres parecían encantados de estar allí. Nosotras también habíamos traído algo
para los niños. Sacamos un montón de bolsas de chuches (una para cada uno).
Entonces volvieron los griteríos y hasta empujones. Pero Viggo, que ya tenía experiencia
con niños, puso un poco de orden y les propuso un juego. A cambio de la bolsa
de chuches, cada niño tenía que contar qué quería ser de mayor. Todos por
supuesto aceptaron encantados.
Fue muy
divertido. Había gustos para todos. Desde bomberos, profesores y constructores
hasta una niña que quería ser policía. Alegaba que le gustaban mucho los coches
patrulla y poner la sirena. Era muy mona y solo debía tener unos 4 añitos.
Todos nos
estábamos riendo mucho. Entonces me fijé que había un niño apartado del resto, mirando
a través de la ventana sin interés por lo que estaba ocurriendo allí. Me acerqué
a la directora y le pregunté por él. Me dijo que sus padres habían muerto en un
accidente de tráfico y él por suerte había salido ileso. Que era un poco
conflictivo, que no hablaba con los otros chicos y que siempre estaba solo. Cogí
un paquete de chuches y me acerqué a él.
Me senté a su
lado, me quede unos segundos mirándolo y luego le dije:
Ángela: Take this, it’s for you (“toma,
esto es para ti”). –le tendí mi mano
enseñándole el paquete.
El niño lo miró extrañado
y luego me miró a mí, para después volver a mirar por la ventana. Yo volví a insistir,
acercándoselo más hacia él. Al fin lo cogió, para luego tirarlo al suelo. Yo, empeñada
en conseguir que cogiera las chuches, me levanté despacio y cogí el paquete del
suelo. Me volví a sentar a su lado. Pero esta vez no lo miré, solo me quedé
contemplando el paquetito. Como si fuera una niña pequeña, observando chuche
por chuche mientras decía:
Ángela: Pues si no te lo vas a comer tú, me las como yo. ¿No te importa, verdad? –hice una pequeña pausa pero sin mirarlo– A ver… ¿cuál me voy a comer primero? Mh… –giré el paquete buscando alguna que me gustara– No sé…
no sé cuál escoger.
Abrí el paquete
con cuidado y saqué una. La observé un momento y de reojo me fijé en el niño. Efectivamente,
me estaba mirando. Mordí la chuche mientras exclamaba lo buena que era y decía
la de tiempo que no comía una. El niño empezó a mirarme más fijamente. Yo me
giré hacia él. Lo miré y después miré el
paquete de chuches, lo volví a mirar y le dije, muy seria:
Ángela: Ah… tú no las querías, ahora son mías. –me aproximé el paquete hacía mí, para indicarle que no le daría.
Pero solo era una
estrategia. Sabía que los niños más pequeños, aunque no estuvieran jugando con
un juguete, querrían justo ése si se lo quitabas. Así que empleé esta
filosofía. Y no fallé. El niño se levantó de golpe, me arrebató las chuches de
las manos y se fue corriendo hacía la puerta.
Orlando se puso
delante suyo, para vararle el paso y regañarlo por la forma de tratar a la
gente. Pero yo chillé su nombre y, con
un movimiento de negación, le indiqué que lo dejara pasar. El niño se fue
corriendo por el pasillo. Me levanté y fui detrás de él.
Lo encontré en la
habitación de al lado, sentado a los pies de una cama. Estaba con las piernas
cruzadas y en su regazo tenía el paquetito.
Me acerqué despacio. Él giró de golpe la cabeza y cogió fuertemente las chuches,
mientras acababa de masticar una. Me senté a su lado, pero dejando un margen
para que no se sintiera intimidado. Y le dije, con un tono de voz suave:
Ángela: Tranquilo… solo quería saber si te han gustado las chuches. –él asintió débilmente. Y pensé que ya
habíamos avanzado algo. Me había “respondido”. Sabía que tenía que ganarme su
confianza y también sabía que él no pensaba hablar. Así que lo hice yo:
Ángela: ¿Sabes qué? Cuando era pequeña mis padres me cambiaron de colegio. Yo me
puse triste porque no conocía a nadie y me daba vergüenza hablar con alguien
que no conocía…–el niño me cortó y chilló
todo sulfurado:
Niño: ¡Yo no tengo vergüenza! –yo puse
cara de sorpresa y le conteste:
Ángela: ¿Ah, no? Pues eres un niño muuy valiente. –recalcando el “muy”– Porque yo como no hablaba con nadie, tampoco
tenía a nadie con quien jugar… y eso es muy triste, ¿no crees? –le pregunté, inocente. Él solo se encogió
de hombros.– Sabes… yo también perdí a alguien importante… y hubo un tiempo
que no quería hablar con nadie, pero después vi que eso no estaba bien –vi una sombra reflejada en el suelo y miré
hacía la puerta. Era Orlando, que nos miraba con complicidad. Mis palabras me
supieron amargas, pero intenté no pensar en eso y proseguí.– No tienes
porqué hablar con los demás niños sino quieres. Eso es porque no tienes ningún mejor amigo. Mi mejor amiga se llama
Lin, ¿sabes? Y con ella a mi lado pude superar mis miedos…
Niño: Yo… al perder a mis papas me
puse muy triste y… –me miró buscando una aprobación,
y presentí que un poco de ternura, así que me aproximé un poco más hacia él.–
…y creía que había sido por mi culpa, yo… –le
puse con cuidado una mano en el hombro y lo acaricié tiernamente, le dije en un
susurro:
Ángela: No es verdad, no fue culpa tuya –y
esas palabras me quedaron marcadas en la memoria y las repetía una y otra vez
“no fue culpa tuya, ¡no lo fue!”. Me miró incrédulo, como si no acabase de convencerse
del todo. Yo le miré fijamente a los ojos y negué con la cabeza al momento en
que bajaba la mirada, entonces el niño continuó:
Niño: Y por eso no quiero hablar con nadie. Y no volveré a subir, nunca, en un
coche.
Ángela: ¡Eso no puede ser! –le contesté– ¿Pero si tuvieras un mejor amigo a tu lado, si
que podrías hacerlo, no?, ¿Quieres ser mi mejor amigo? –le pregunté, y esperé su respuesta. Primero se lo pensó y después de
un tiempo dijo:
Niño: Pero serías mi mejor amiga,
¿no? –yo no pude evitar reírme por lo bajo– ¡Si! Quiero que seas mi mejor amiga.
Ángela: ¡Amigos pues! –y le guiñé un ojo,
mientras le tendía la mano para que la estrechara. Y así lo hizo. Le puse una
mano en la cabeza y seguidamente le dije sonriente–
Tenemos que superar ese miedo a los coches.
Desde la puerta
alguien chilló “¡Quién viene conmigo a
dar una vuelta en coche!”. Me giré de golpe. Ahora, en la puerta, también
estaba Viggo, que le tendía una mano al niño para que fuera con él. El niño me
miró, sonrió y luego salió corriendo hacía Viggo. Orlando, para dejarlo pasar,
se puso a un lado de la puerta. Viggo se presentó alegremente y le revolvió
todos sus cabellos rubios. Entonces Orlando avanzó unos cuantos pasos hacia
dentro la habitación y dijo, mirándome:
Orlando: Viggo tenía
razón aquella vez… eres una GRAN persona. –me sonrió tímidamente. Yo
desvié la mirada hacia Viggo, éste me miró y me guiñó un ojo mientras decía:
Viggo: Yo me encargo del niño – y cerró la
puerta tras de sí. A continuación oí el pestillo deslizarse, encerrándonos
dentro.
Me
levanté de la cama y fui decidida hacia la puerta. Efectivamente, la puerta
estaba cerrada. Lo intenté un par de veces, pero ésta no se abría. Entonces
chillé:
Ángela: ¡Viggooo, esto no tiene gracia! Abre la
puerta.
Orlando
estaba detrás de mí y escuché como se empezaba a reír flojito. Yo me giré hacia
él y le dije:
Ángela: ¿Qué ha tramado? –miré inquisitoriamente a
Orlando, esperando una respuesta que llegó de forma inmediata:
Orlando: Yo no he
tenido nada que ver… pero supongo que lo único que quiere es que hablemos. Por
eso creo que ha cerrado la puerta. Así ya no podrás esquivarme más.
Al
encontrarme con sus hermosos ojos, desvié la mirada hacía otro sitio.
Orlando: Mírame… por favor, no se porqué
te dije aquello en el restaurante, me fastidió no poderte entender lo que
estabas diciendo y… dije cosas que no pienso. Perdóname. –se
hizo un silencio, después dio unos cuantos pasos hacia mí. Y siguió diciendo– Y lo de Kate… pues verás, te lo intenté explicar pero te fuiste
corriendo. Iba con el albornoz porque se manchó la ropa, y ya sabes como es…
así que me dijo que la pusiera inmediatamente a la lavadora. –yo
sonreí ligeramente:
Ángela: Así que por eso solo llevaba el albornoz… –le dije medio divertida y levantando una ceja. Él asintió un par de
veces. Al verme sonreír me guiñó un ojo, y dijo:
Orlando: Te he traído una cosa –y de detrás
la espalda sacó las revistas que le había tirado, bien ordenadas y atadas con
un cordel. Me llevé una mano a la boca y sonreí tímidamente–
¿Tema zanjado? ¿Ahora me volverás hablar? –me
lo quedé mirando unos segundos, y después de hacerle sufrir un poco afirmé con
la cabeza. Me acerqué a él y tendí las manos. El inclino ligeramente la cabeza
y me entregó el paquete de revistas, mientras arqueaba las cejas y en tono de
broma me dijo:
Orlando: Aunque, yo…
no me sigo fiando de ese tío. Que
sepas que solo quería protegerte, porque te fías de cualquiera. ¡Eres muy
ingenua, An! Y también lo hago porque eres una persona importante para mí. Créeme
no lo hice con mala intención. –al decir estas
palabras mí corazón bombeó sangre con más fuerza que nunca.
Había
vuelto a usar mi diminutivo (y a partir de este día no dejó de hacerlo) y, sino
lo había escuchado mal, había dicho que yo era una persona importante para él. Me
abalancé sobre él y lo abracé muy fuerte. Y empecé a sollozar. Orlando me miró
y me pregunto extrañado:
Orlando: ¿Por qué
lloras? ¿Qué he dicho o hecho? –yo negué con la cabeza y le respondí:
Ángela: No, idiota. ¡Lloro de felicidad!
Orlando: ¡Oooh! –y
me dio un beso en la frente. Yo lo miré unos segundos y le dije con firmeza,
poniéndome la mano en la frente:
Ángela: No volveré a lavarme la frente nunca más. –y los dos nos echamos a reír.
Al oírnos reír
entraron todos de golpe en la habitación. Supongo que estaban escuchando detrás
de la puerta (me imaginé a Lin con un vaso de cristal pegado a la oreja). Viggo
se acercó el primero y nos rodeó a los dos, que aun seguíamos abrazados, con
sus brazos, así que ahora estábamos los tres en un mismo abrazo. Y nos sonrió. Lin
le contó a Orlando lo sucedido con las revistas. Orlando me miró entornando los
ojos y me dijo:
Orlando: Así que te
metiste dentro del container, ¿eh? Por eso olías tan mal. –yo me encogí de hombros mientras me ponía completamente roja
– Nunca olvidaré ese día.
Ángela: ¡Yo si que nunca olvidaré ese día! –exclamé.
Todos nos echamos a reír.
Para celebrar nuestra renovada amistad, decidí
hacer una cena en mi casa al día siguiente, con la ayuda de Lin y su
“inseparable” pareja Adam.