Capitulo 8
Los dos
siguientes días me negué a hablar con Orlando. Aunque vino a la cafetería, le
pedí a Lin que lo atendiera ella. Así que durante estos dos días Orlando no
existía para mí. A pesar de mi esfuerzo para seguir enfadada con él, lo tenía
en mi cabeza todo el tiempo. Pero si me preguntaba Lin, le decía: ni en broma, para mí como si no lo vuelvo a
ver. Pero suerte que tenía a mi mejor amiga a mi lado y habló seriamente
conmigo. Supongo que también lo hizo porque estaba harta de actuar como intermediaria,
todo el día “Orlando dice que”… “Pues dile a Orlando tal”…
Lin: ¡An! Esto no puede seguir así. A parte de
que me volveré loca, estoy segura de que no ha sido para tanto. ¿Por qué no vas
ha hablar con él? Es tu ídolo, co**.
Ángela: Pues ya no lo es. ¡Se acabó! Ahora mismo voy
a tirar todas sus revistas. –me levanté del sillón. Fui directa a mi
habitación, abrí un cajón y saqué un montón de revistas de Orlando.
Bajé a
la calle y al llegar a la esquina divisé el container. Tiré todas las revistas
dentro, sin pensármelo dos veces. Al volver arriba Lin, que lo había visto
desde la ventana del comedor de mi apartamento, no dijo ni una sola palabra.
Nos pasamos toda la tarde sin hablar. Solo miraba a través de la ventana el
contenedor de la esquina. Lin se levantó, me dio un beso en la mejilla y se
fue.
No
tenía hambre, así que me fui directa a la cama. Me tumbé y seguí pensativa.
Sonó el móvil, que consiguió despertarme de mi ensimismamiento. Al ir a cogerlo
golpeé sin querer la mesita de noche y cayó al suelo, aunque siguió sonando. Me
levanté con lentitud y cuando estiré el brazo para cogerlo, vi que al golpear
en la mesita había hecho caer también una foto de Orlando. Era una de mis fotos
preferidas. Me la quedé fijamente mirándola. No se porqué pero no la había
tirado con todo lo demás. El móvil dejó de sonar, lo cogí y miré quién era.
Orlando me estaba llamando. En ése momento lo tuve claro.
Me
levanté y corrí hacía la puerta, salí disparada del portal y sofocada llegué al
container. Lo abrí y miré si veía las revistas, pero por desgracia estaban al
fondo de todo. Estaba claro que no llegaba con el brazo. Saqué la cabeza de
dentro el container para coger una bocanada de aire fresco. Me llevé las manos
en la cabeza. ¿Cómo podía cogerlas? Entonces se paró justo delante mío el
camión de la basura. Iban a vaciarlos delante de mis ojos. Cogí fuertemente al
basurero del brazo y éste se detuvo en seco. Cerré los ojos y sin querer ni
pensarlo salté dentro del container, aguantando la respiración. Logré salir de
allí viva y lo más importante, recuperé mis preciadas revistas.
Con
ellas en la mano decidí ir a ver a Orlando para arreglar las cosas. Al fin y al
cabo sólo estaba a dos manzanas de allí. Cuando llegué al portal toqué
repetidamente el timbre. Él se sorprendió al oír mi voz. Me abrió y entré,
piqué el botón del ascensor pero como tardaba demasiado subí de dos en dos las
escaleras hasta su piso. Cuando llegué a su puerta me faltaba el aliento. El
estaba en la puerta. Apoyado a un lado y con un brazo apuntalándose en el otro
lado de la puerta. Llevaba puesta una de sus típicas camisetas de manga corta
que le quedaban un poco apretadas. ¡Le sentaba tan bien! Me acerqué despacio.
Orlando empezó a sonreír pero se quedó a medias y me soltó:
Orlando: ¿Se puede saber de dónde vienes? Llevas unas pintas… a parte de oler
fatal. –puso cara cómica. Yo me lo quedé
mirando unos segundos, recordando la escena de “El Señor de los Anillos” en la
que Legolas se le acerca a Aragorn alegando que llega tarde. Luego le díje:
Ángela: Muy bonito, hace días que no hablamos y eso
es lo primero que se te ocurre decirme… ¡ah! No, no. Muy bonito. –hice
un ademán de manos para que no dijera nada y seguí hablando– Verás…yo… me he dado cuenta de que…–pasé
la mano por las revistas, acariciándolas (donde salía el rostro de Orlando)– de que…
Me quedé a media
frase porque oí un ruido de una puerta que se habría y vi que del fondo salía
una chica rubia con un albornoz puesto. Me fijé bien y me di cuenta de que esa
chica era Kate y parecía que no llevaba más ropa debajo de ese albornoz blanco.
Parpadeé un par de veces y me di cuenta de lo que pasaba. Me sentí como una
estúpida y también me sentí, porque no decirlo, traicionada. Todos estos días
sin poder quitármelo de la cabeza y en cambio él pasándoselo en grande con
aquella peliteñida.
Orlando giró de
golpe la cabeza al ver mi cara, después se volvió a girar hacía mí y tuvo el
morro de decirme:
Orlando: ¡No es lo que parece, de verdad! –no
le di tiempo a decir nada más ya que le tiré, con fuerza, todas la revistas
encima. Quise decirle algo pero no me salió más que tartamudeos, así que me fui
corriendo.
Me siguió hasta
las escaleras, se plantó delante de ellas para que no pudiera pasar y me volvió
a repetir:
Orlando: Ella solo ha venido de visita y… –yo
le corté, poniéndole la mano en la boca, y le dije:
Ángela: No me tienes que decir nada, pero…si solo es
eso, ¿Por qué va medio desnuda? –me resbaló una lagrima por la mejilla y
mientras lo esquivaba para pasar le acaricié suavemente el rostro. Él me sujeto
la mano. Y me dijo en un susurro:
Orlando: ¡An! –mi corazón se estremeció, era
la primera vez que me llamaba por mi diminutivo– Mírame… –yo solo pude decirle:
Ángela: Ahora no puedo hacerlo, me duele demasia-…
–no pude acabar de terminar la frase y me fui corriendo.
Estaba enfadada
con Orlando, pero también estaba enfadada conmigo misma. ¿Por qué me sentía
así? Me había dicho cosas muy desagradables, yo no era de esa clase de chicas.
A parte, él podía hacer lo que quisiera, pero me había pasado éstos días como
una tonta pensando en él. Solo para ir después y encontrarme a Kate en su
apartamento, medio desnuda. Solo con recordar la escena me hervía la sangre. Me
sentía idiota y desilusionada a la vez. Haberme metido en el container no había
servido de nada.
Llegué
a mi apartamento, descolgué el teléfono y apagué el móvil. Me di una larga y
merecida ducha, para despejar mi cabeza.
Con
todo esto llegó el fin de semana, y Lin me obligó a salir y no quedarme
encerrada en casa. Me pidió que la acompañara al rodaje, ya que tenía
curiosidad por ver a Adam actuar. Al principio me negué, pero me dijo que
Orlando no le tocaba salir así que no estaría por allí.
Me
alegré de ir. El volver a rodearme de mi afición (el cine) me sentó bien y por
unas horas no pensé en nada más y disfruté de estar allí. También me gustó
porque volví a ver a Viggo, que entre el rodaje y mi trabajo hacía días que no
lo veía. En uno de los descansos, los chicos nos sorprendieron por la espalda y
Adam, graciosamente, se tiró al cuello de Lin haciéndole cosquillas. Adam le
dijo, mirándola con delito:
Adam: Lin… una de las escenas es en una barca,
¿quieres dar una vuelta? –le preguntó. Yo no pude evitar reírme y
dije:
Ángela: Ja, ja, ja… ¡lo vuestro son las barcas! Ja, ja, ja… –me di cuenta que los dos me miraban sorprendidos, y para distraerlos
de sus deducciones les dije, apremiándolos – ¡Va! Que la barca os espera.
Adam cogió a Lin
del brazo y la estiró para que la siguiera. Pero Lin volvió a mirar hacia
atrás, sin decirme nada. Buff… respiré aliviada.
Viggo
me sonrió y tiernamente me preguntó:
Viggo: Me alegro de verte. ¿Cómo va el trabajo? –hablamos
un poco de todo, yo le pregunté por como iba la película, no nos explicamos
nada en concreto.
Después
de ponernos al día nos paramos en las carpas del catering y me trajo un batido
de chocolate caliente con una pasta. Mientras soplaba el café me dijo,
mirándome de reojo:
Viggo: Estos días Orlando ha estado preocupado…
–yo le miré por encima de las gafas, y él continuo– como no le cogías el teléfono… me dijo que lo
estabas esquivando. –hizo una pausa para
que contestara:
Ángela: Simplemente no tengo ganas de hablar con él, y después de la escena en su
apartamento aún menos… –Viggo no dejó que
terminara y acariciándome el pelo me dijo:
Viggo: ¿Por qué no intentas hablar con él y que te
lo explique? –yo le dije mirándolo fijamente:
Ángela: Pero… Viggo, tú no sabes lo que pas-…
–negó con la cabeza y me dijo:
Viggo: Habla con él, de verdad. Dale la ocasión de
explicarse… hablando del rey de Roma,
aquí lo tienes.
Me giré
y vi a Orlando acercándose. Me miró un momento, hizo una pausa y luego miró a
Viggo y le dijo:
Orlando: Viggo, ¿Qué tenemos que repasar del guión? –preguntó,
intrigado.
Viggo: ¡Ah! No te preocupes, em… ya lo miraremos
mañana. –le contestó, hizo una breve pausa, miró a Orlando
después a mí y nos dijo– Bueno, os dejo a solas para que podáis hablar tranquilamente, voy a
controlar a esos dos tortolitos…a ver como les va con la barca…
Orlando y yo nos
reímos, aunque Viggo no sabía porqué. Y después sin dejar de reír dije
dirigiéndome a Orlando:
Ángela: Antes he metido la pata y me parece que han sospechado algo, pero por
suerte no me han dicho nada, sino no hubiera sabido como contestar.
Él me estaba
mirando dulcemente y me dijo:
Orlando: Me gusta verte sonreír, hacía días que no
te veía tan alegre. –bajé la mirada y él continuó– Kate y yo hemos roto definitivamente…
solo vino a coger sus cosas y…
No le dejé
terminar. Solo le dije:
Ángela: Lo siento pero yo no se si quiero saberlo… lo siento de veras… –al marcharme pasé por su lado rápidamente.
Orlando no dijo nada más.
A pocos metros de
allí, Viggo miraba decepcionado cómo me alejaba.
El
sábado pasó sin más. Lo que no me esperaba es que el domingo por la mañana
llamarían a mi puerta. Antes de abrir escuché voces, estaban hablando
alegremente, las reconocí perfectamente. Eran Lin y Viggo. Pero… ¿que querrían
a ésas horas de la mañana? En realidad, ésa no era la pregunta correcta. Lo que
de verdad me sorprendía era: ¿Qué podía ser tan importante para hacer que Lin
se levantara tan temprano un domingo?.