Capitulo 5

 

Estábamos acabando de almorzar cuando Viggo entró en la cocina y nos miró a los cuatro. Sacó de detrás de la espalda un anzuelo, sonrió y nos comunicó:

 

Viggo: Esta noche vamos a comer pescado, si el tiempo aguanta podemos pescar en el río y comer en la casita de madera que hay al lado del lago. ¿Qué os parece la idea, people? –yo salté de inmediato:

 

Ángela: Mientras no sean sardinas, ¡me apunto! –Orlando me miró asombrado, y dijo:

 

Orlando: ¡Eso, eso! Mientras no sean sardinas… a mi tampoco me gustan. –y me dedicó una de sus hermosas sonrisas, solo con eso ya era la persona más feliz del mundo, aunque se lo tuve que preguntar:

 

Ángela: ¿Pero tú no eres vegetariano? –él me miró un instante, después levantó la ceja y dijo:

 

Orlando: Si, pero a veces también como pescado. Mm… ¿Cómo lo sabes? –señalé hacia Viggo.

 

Así que el día pasó volando. Primero fuimos al pueblo a comprar las cosas necesarias para ir de pesca. Luego nos quedamos en casa preparándolo todo, hasta que llegó la hora de comida.

 

Nos fuimos con todos los cacharros necesarios, más los gusanos, para ir de pesca. Una vez allí nos enseñó la casita (por llamarla de alguna manera) que nos había comentado, pero que aún no habíamos visto.

Era una estructura de madera, con farolillos colgados del techo, y una pequeña chimenea móvil en el centro. Las paredes eran desmontables, así que como las condiciones eran favorables decidimos quitarlas y solo dejar la estructura básica, con sus cuatro patas y su techo.

 

Como yo ya tenía experiencia en ir de pesca y a Lin no le gustaba mucho la idea de coger gusanos, decidimos que se quedara para encender el fuego. Junto a ella, como no podía ser menos, se quedó Adam, sólo después de que Lin aclarara que no necesitaba a nadie que la ayudara, que era suficientemente capaz de hacerlo ella sola.

Los demás nos fuimos al lado del río a preparar las cañas para la pesca.

 

Fue de lo más divertido, no había vuelto a ir de pesca desde que era pequeña, así que me lo pasé en grande tirando una y otra vez la caña en el río. Al conseguir mi primer pez me emocioné tanto que me quité los zapatos y me introduje en el río. A Orlando le gustó la idea y me imitó, descalzándose y poniéndose a mi lado. Al conseguir su primer pez, se puso tan nervioso que tuve que ayudarlo y entre los dos tiramos de su caña, mientras Viggo y yo le dábamos instrucciones ¡tira!, ¡tira!, deja hilo… nuestros hilos de pescar se enredaron y para cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, perdimos el equilibrio y nos caímos en el río. Por suerte, la parte donde estábamos no cubría, así que solo nos mojamos el culo. A mí me dolió el golpe al caer contra las rocas, y supongo que a Orlando también, por la cara que puso al levantarse. Viggo se estuvo riendo de nosotros toda la noche.

 

Orlando y yo con nuestra “vergüenza” nos sentamos juntos, con tal de darnos apoyo moral mutuamente.

Como nosotros habíamos hecho todo el trabajo duro, Lin y Adam se encargaron de freír el pescado en la chimenea a modo de barbacoa.

Mientras comíamos, Orlando entabló una conversación conmigo:

 

Orlando: Me ha dicho Viggo que te interesa el cine, ¿es verdad? –me dijo con curiosidad, yo le contesté:

 

Ángela: Si, la verdad es que siempre de pequeña me preguntaba como habrían hecho aquello y lo otro. –Orlando asintió con una sonrisa de complicidad –Ahora de momento estoy en prácticas en una cadena de televisión, que también me gusta, y dónde me tratan bien. ¿Y tú, siempre quisiste ser actor? –me miró un momento a los ojos y después desvió la mirada, para contestar:

 

Orlando: La verdad es que de pequeño me preocupó porque como soy disléxico, temía no poder entender bien el guión. Pero con la ayuda de mi familia, y con esfuerzo, lo conseguí. –yo abrí un poco los ojos y le pregunté:

 

Ángela: ¿Tienes hermanos?, ¡Que bien! Yo soy hija única –preguntando como si no lo supiera.

 

Orlando: Ja, ja, ja… Si, tengo una hermana mayor, que se llama... –pero Lin, que pasaba cerca de nosotros, nos escuchó y empezó a decir:

 

Lin: An, como si no lo supi…e…. –yo la estiré fuertemente de la manga del jersey que llevaba, haciendo que se inclinara hacía mí. Le susurré:

 

Ángela: Sígueme la corriente, ¡quieres! –le dije en castellano, para que Orlando no me pudiera entender – Tanto Viggo como él –haciendo un ligero movimiento de cabeza hacía  Orlando– creen que no lo conocía.

 

Lin me hizo una cara de no entender nada, de nada, pero como Orlando nos miraba esperando alguna especie de explicación, me decidí por disimular. Siguiendo al pie de la letra la expresión divide y vencerás, decidí resolver el problema por partes. Mi propósito era separar a Lin primero, para poder explicárselo con calma y no tener que dar ninguna explicación a Orlando, que con tanto murmuro comenzaba a sospechar. Hice lo primero que se me pasó por la cabeza, en cuanto vi el pescado en las manos de Lin, tuve la idea.

 

Ángela: Mh… ¡pescado! Gracias, se me había terminado. –le quité de las manos el pinchito de pescado que tenía y me fui corriendo. Efectivamente, Lin me siguió corriendo, gritando:

 

Lin: ¡Eh! Tú, ladrona de pescado, ¡Ven aquí! –me paré al lado del lago donde habíamos estado pescando antes y esperé a que Lin que me atrapara, para decirle:

 

Ángela: Mejor que piense que no lo conozco a que sepa que soy una gran fan suya. –Lin me puso la mano en el hombro, para después preguntarme:

 

Lin: Pero ¿de que me estas hablando, An? –dijo sin más, yo puse los ojos en blanco unos segundos, y como era costumbre en mí, le di un golpe en el brazo mientras le respondía:

 

Ángela: Pues de Orlando, de quién va a ser… –suspiré – Me seguirás la corriente… –esperé a que Lin me lo confirmara y cuando lo juró continué:Como se te ocurra decirle ALGO de esto, ¡te acordarás de mí! –dije, volviéndola a golpear ligeramente en el brazo.

 

Los tres hombres nos miraban, así que volvimos con el grupo. Pasamos toda la tarde charlando y conociéndonos mejor, y sobretodo haciendo fotos sin parar. Ahora ya éramos tres a quien les gustaba hacer fotografías: Viggo, Orlando y yo, claro está. Cuando se hizo de noche y empezábamos a tener frío, decidimos que era el momento de volver hacia la casa. Cuando llegamos, cargados con las sobras de la comida, nos saludó Max, que se lanzó sobre Orlando, porque llevaba el pescado. Pero Viggo no dejó que se lo comiera. Le quitó la bolsa con la comida de las manos a Orlando para llevarla a la cocina. Max le siguió moviendo la cola, frenéticamente. Orlando fue después y luego le seguí yo de cerca.

De pronto Max dio media vuelta y vino hacia mí. Yo, por un instinto de supervivencia, me puse detrás de Orlando. Él me miró extrañado y me preguntó:

 

Orlando: No me digas que… ¿tienes miedo a los perros? –esperando una respuesta, yo iba a contestar pero Viggo sacó la cabeza de la cocina y respondió por mí:

 

Viggo: Tiene miedo a Max y en cambio no tiene miedo a un caballo, ¿no te parece curioso? –dijo riéndose, Orlando contestó:

 

Orlando: Pues eso no puede ser… ¡come here! –me estiró del brazo y con el otro que tenía libre me rodeó la cintura, para que me sintiera más segura, pero la verdad es que al hacerlo las piernas me fallaron un instante, y me dijo: – Tranquila, yo estoy a tu lado, no te hará nada… ¿Verdad que no, Max? –dijo, mirando al perro de Viggo. No sé qué me ponía mas nerviosa, si el perro o el brazo que me rodeaba la cintura, a parte de tener a Orlando tan cerca de mí.

 

Al final lo acaricié y la verdad es que acabé por cogerle cariño durante la semana que pasamos allí. Después, Max fué directo al plato de comida que le había preparado Viggo y fue entonces que nos dimos cuenta que ni Adam ni Lin habían regresado de la casita. Yo para ayudar a mi amiga les propuse:

 

Ángela: Porque no jugamos a cartas mientras esperamos a que regresen. ¿Qué os parece, boys? –mi pronunciación no era demasiado buena… vale, para qué negarlo, era nefasta, pero por lo menos me hacía entender.

 

Con ánimos nos sentamos en la mesa del salón, junto a la chimenea (que no estaba encendida, ya que hacía buen tiempo). Al cabo de las horas empecé a preocuparme por los dos, y supongo que se me notó en la cara, porque Orlando dijo:

 

Orlando: No te preocupes –mientras me cogía la mano con suavidad – ¿qué les puede haber pasado? no habrán ni salido de la finca y… seguro que se lo están pasando mejor que nosotros. –yo asentí y seguimos jugando.

Al cabo de una hora más tarde, aun seguían sin aparecer así que me incomodé y dije:

 

Ángela: Ya no quiero seguir jugando, yo… –fue entonces Viggo quien habló:

 

Viggo: Podríamos mirar a ver si están en la tienda donde hemos comido y en las cuadras. –se levantó de la mesa – Vosotros dos mirad allí y por los alrededores, yo iré a ver las cuadras por si falta algún caballo.

Dicho y hecho, nos separamos, Orlando y yo como había ordenado Viggo nos dirigimos al puesto donde habíamos comido. Aún estaban sus cosas allí tiradas. No podía imaginar que hubieran dejado las cosas allí y se hubieran ido sin más. Cogí el bolso de Lin y busqué en su interior. Encontré lo que buscaba: el móvil. Si le había pasado algo no podría comunicarse con nadie. Me llevé el móvil al pecho y una pequeña lágrima estuvo a punto de salir de mis ojos, pero me contuve al notar que Orlando se me acercaba por detrás. Me puso las manos en los hombros e intentó tranquilizarme. Y le dije:

 

Ángela: Ella es como una hermana para mí… –Orlando me giró y dijo:

 

Orlando: ¿Porque no vamos a mirar en el lago? No te preocupes, venga. –mientras decía esto, me dio un pequeño pellizco en la mejilla, eso hizo que sonriera.

 

Nos aproximamos al lago, y al hacerlo escuchamos alboroto. Los dos, intrigados, sacamos la cabeza por detrás de un arbusto y observamos a Lin y Adam en medio del lago, parados con la barca de remos. Yo estuve a punto de gritarles algo. Ellos divirtiéndose y yo sufriendo como una burra. Pero antes de que pudiera decir ni mu, Orlando me tiró del brazo para que me agachara y con la otra mano me tapó la boca. Me quedé muy sorprendida, pero al ver esos ojos marrones tan cerca, enmudecí de golpe. Orlando con un gestó de negación y con un ssshhhtt! Me dio a entender que no quería molestarlos. Sacamos otra vez la cabeza para contemplar la escena:

 

Adam estaba en el sitio del piloto (es decir, era quien remaba) y Lin estaba delante de él, en la parte delantera de la barca. Los dos habían bebido un poco mas de la cuenta. Adam hizo un intento de ponerse de pie, olvidándose de sujetar los remos. Lin le gritó, eso sí, sin dejar de reír:

 

Lin: Que haces, ¡idiota! ¿No ves que así desestabilizas la barca y caeremos al lago? –Él sin hacerle caso chilló:

 

Adam: ¡I’m the king of the world! (¡soy el rey del mundo!) –en esas que la barca se balanceó, haciendo que el chico perdiera el  equilibrio y cayera de culo dentro de la barca.

 

Con todo el barullo, uno de los remos cayó al lago y mientras Lin cogía el otro, apremiaba a Adam, diciéndole:

 

Lin: Eso te pasa por hacer el tonto, cógelo que no se escape, ¡Corre! –agitando la otra mano que no sostenía el remo.

 

Aunque se estiró todo lo que pudo, Adam no pudo recuperar el remo extraviado. Lin le reprochó:

 

Lin: Pues ya te estás tirando al lago y nadando para llevar la barca de nuevo a la orilla, porque lo que es yo no me pienso mojar. –dejó bien claro. Adam le contestó:

 

Adam: Con que no te quieres mojar, ¿eh? –puso la mano en el agua y salpicó a Lin. Ella chilló:

 

Lin: No, por favor, ¡NO! –sin darse cuenta, para huir del ataque de Adam, levantó el remo que tenia cogido, e hizo un movimiento con tanta mala suerte que lo estampó en plena cara de Adam, que volvió a caerse de culo en la barca. Lin se incorporó Lo siento mucho, ¿estás bien?

 

Se acercó a él con cuidado, pero la barca vaciló y ella cayó encima de él. Los dos estaban a escasos centímetros uno del otro. Ella hizo el gesto de apartarse, pero Adam la atrajo hacia sí, y le dijo:

 

Adam: Ahora mejor… – y le dio un profundo beso.

 

Envidiaba a Lin, ojalá yo pudiera hacer lo mismo con Orlando. Bueno ¿Y porque no? Me lanzo sobre él y le digo: ¡tómame! Ja, ja, ja, que cosas se me ocurrían, si es que mi cabeza a veces me jugaba malas pasadas. En cuanto me di cuenta, Orlando me estaba mirando y no pude evitar sonrojarme, pero por suerte para mí, los pensamientos no se oían. Me tranquilicé a mi misma, y en esas Orlando dijo, en voz baja:

 

Orlando: ¡Vámonos! Que aquí estamos estorbando y no hay nada más que ver.