Capitulo 14
Pasó un
mes, y los chicos aun estaban de gira. En
Una
tarde llegamos cansadas de trabajar, me despedí de Lin
y subí lentamente las escaleras que conducían a mi apartamento. Al entrar,
solté el bolso al lado de la puerta y con la pierna, la cerré de un golpe.
Estaba realmente cansada, ese día había sido muy largo. Me dirigí al baño, puse
el tapón a la bañera y encendí el grifo. Me metería y estaría dentro hasta que
acabara arrugada como una pasa. Después de hacer esto, me fui a la cocina y me
serví un vaso de zumo. Al volver hacia el baño, vi
que la luz del contestador estaba encendida. Tiene un nuevo mensaje: “¡Annn! ¿Recibiste mi
postal? Aquí ya empieza hacer un poco de calor…, bueno, qué te iba a decir…
¡Ah, sí! Que volvemos pasado mañana, así que nos reuniremos para cenar y salir
de fiesta, te echamos de menos. ¡Hasta pronto!”. Era la voz inconfundible
de Viggo. Al oírlo salí disparada hacia la puerta. Se
lo tenía que contar a Lin. Al abrirla me choqué de pleno con Lin y por la sonrisa que llevaba, Adam
le había dicho algo.
Esperamos
con impaciencia ese día. Los fuimos a recoger al aeropuerto. Queríamos darles
una sorpresa, pero se me ocurrió una cosa mejor. Nuestro jefe era familia de
alguien importante del aeropuerto, así que le pedí dos uniformes de azafatas. Sería
muy divertido. Nos los pusimos, nos recogimos el pelo en un moño y intercambiamos los puestos de dos empleadas de verdad. Estábamos
al final del pasillo por donde salían los pasajeros, dónde les dábamos la
bienvenida y repartíamos unos folletos de propaganda. Los chicos se acercaban
por el fondo, ahora comprobaríamos si nos reconocían.
Adam
se acercó decidido hacia Lin y le pellizcó el culo. Lin, que en ése momento estaba distraída con otra persona,
se sobresaltó y se giró de golpe. Al verlo sonrió ampliamente, y se besaron
tiernamente. Orlando pasó por mi lado, y se detuvo unos cuantos pasos más allá,
pues estaba observando la propaganda que le acababa de dar. Después de él iba Viggo, que al ofrecerle la propaganda, me miró y soltó las
bolsas que llevaba para chillar y abrir los brazos de par en par.
Viggo: ¡Aann!
¿Pero qué…? Ja, ja, ja me alegro de verte… –al
momento que decía esto, me abrazó y me alzó unos palmos del suelo. Orlando
empezó a decir:
Orlando: Ya decía yo… que me sonaba… –sonrió y dijo–
Yo también me alegro de verte.
Pasé de
los brazos de Viggo a los de Orlando. Parecía una
muñeca. Yo pensaba que no nos reconocerían pero me sorprendieron todos. Fue muy
divertido ver sus caras y las de los demás pasajeros, además de oír algunas
bromas sobre nuestro especto. Dimos las gracias a las azafatas auténticas y nos
fuimos todos juntos, entre carcajadas.
Con los
coches nos llevaron a nuestros apartamentos. Al llegar Viggo
nos anunció:
Viggo: Preparaos para esta noche, que
saldremos de fiesta hasta tarde –ya no
había más que decir, Viggo siempre estaba haciendo
sus planes. Pero me hacía mucha ilusión– Poneos
bien elegantes que os llevaremos a un restaurante de cuatro tenedores.
Como
estaban cansados del viaje decidimos que nos encontraríamos luego. Hasta
entonces descansarían. Busqué en el fondo del armario y encontré un vestido de noche,
que me había comprado hacía tiempo pero que no había tenido la oportunidad de estrenar.
Era de seda color rojo intenso. A media falda llevaba por encima una gasa semi-transparente de color negro, que provocaba el efecto
de llevar varias faldas a la vez. Iba cogido por detrás del cuello, no tenía
mucho escote, pero dejaba toda la espalda al descubierto. Lo acompañé por un
bolso de mano rojo. Me di cuenta que no tenía zapatos y bajé a ver si Lin me dejaba unos.
Al
llegar Lin se estaba acabando de arreglar. Se había
puesto un vestido, también de seda, de color rosa crema, la falda tenía unos
flecos, todos ellos recogidos por una flor a la altura de la rodilla. No tenía
tirantes y lucia un hermoso escote, con otra flor en medio del pecho. También
lo acompañó con un bolso de mano y un chal, los dos del mismo color que el
vestido. Al final me dejó unos zapatos, con un talón más alto del deseado, de
color negro.
Lin
me miró el pelo y me preguntó si podía peinarme. Yo le dejé encantada. Pero advirtiéndole
haber qué me hacía. Como yo tenía el pelo liso me dijo:
Lin: Hoy vas a cambiar, te voy a
poner el pelo ondulado. –le contesté
incrédula:
Ángela: Muy bien, haber si lo consigues. –conocía mi pelo y sabía que era liso y
punto, por más que yo intentara lo contrario.
Al
terminar me miré al espejo, tenía unos cuantos tirabuzones por aquí y por allá.
Me gustaba mucho. Lin me miró y me comentó que solo
tenía unos cuantos porque le había costado un montón. Mi pelo era realmente
liso. Justo entonces los chicos llegaron.
En vez
de venir con los coches vinieron en taxis. Alegaron que no tenían ganas de
conducir. Primero bajó Lin, yo me había olvidado el bolso
en mi piso y subí a por él. Al bajar todos se quedaron mudos. Pregunté qué
pasaba y mientras Lin se reía, Viggo
fue el primero en contestar:
Viggo: Estás muy hermosa. Me gusta el
toque de las gafas. –odiaba las lentillas
así que no tenía más remedio que ponerme las gafas. Pero tampoco es que me
importara. Miré a Orlando esperando su respuesta, Viggo
tuvo que darle un codazo para que hablara:
Orlando: Estás esplendida, nunca antes te había
visto así. –sonreí y mientras me acercaba
a ellos le contesté:
Ángela: Será porque nunca antes hemos ido a un
restaurante tan elegante –le dije, con un
poco de rintintín– a parte, me da vergüenza ir así… –me senté con dificultad dentro del taxi y
nos dirigimos hacia el restaurante. Viggo me
preguntó qué habíamos estado haciendo nosotras durante éste tiempo– Antes de ayer fuimos al teatro.
David tenía unas entradas y nos invitó. –Orlando
se acercó a mí y me dijo:
Orlando: Así que has estado quedando con David, ¿eh?
–levantó una ceja y yo le respondí restándole
importancia:
Ángela: Sí, hemos estado quedando para salir por ahí
y me ha estado ayudando con
Orlando: ¿La Historia que no me dejaste leer? –me recriminó, yo continué:
Ángela: Como decía… ayer fuimos al festival de cine
independiente –los demás ya habían
entrado en el restaurante– …y vimos muchas películas a oscuras… –le guiñé un ojo mientras le apremiaba para que nos reuniéramos con
los demás.
Ni qué
decir que el restaurante era de lo más refinado, de esos que tienen siete mil
tenedores a banda y banda del plato. La comida exquisita, y rompiendo todas las
expectativas, acabé satisfecha. Parece que no, pero aunque las raciones eran
más bien pequeñas, había varios platos y acabé llena. Pero lo mejor fueron los
postres. Una carta entera de delicias exquisitas. Era difícil escoger. Yo comí
unas simples pero deliciosas trufas con nata.
Para mí
que las trufas llevaban licor, porque muy, muy recta que digamos, no iba al
salir del restaurante. Nos dirigimos a una discoteca de moda, los reporteros ya
estaban esperando en la entrada. Así que Lin y yo
decidimos entrar primero. Los chicos posaron para las cámaras y entraron.
Fueron directos a la barra y pidieron. Todos tomaron una cerveza, a excepción
de Orlando que pidió un gintonic. Lin
y yo preferimos tomar un güisqui con lima, ya que un día lo descubrimos y nos aficionamos a él. Los chicos hablaban
con unos y con otros, productores, periodistas, etc. Nos quedamos en un rincón,
pero después de terminarnos las copas Viggo me cogió
de la mano y nos fuimos todos por una puerta donde se podía leer: “Prohibido el paso a personas ajenas a la
empresa”. Yo extrañada pregunté: “¿Donde
se supone que vamos?”. Viggo sin mirarme me dijo:
Viggo: Ya hemos cumplido con el
protocolo, así que nos vamos a una discoteca donde pasemos más desapercibidos.
Ese era el plan. Qué agobio –a eso que respondí
sarcásticamente, pero en broma:
Ángela: ¡Ah! Está bien saber el plan de tanto en
tanto. –en ése momento me sonó el móvil.
Era David, ya casi ni me acordaba, le había dicho que después de la cena le
diría a qué discoteca iríamos.
Al llegar,
él ya nos estaba esperando en la puerta, y también tuve que aguantar sus elogios.
Me ponía muy, muy nerviosa cuando me decían cualquier cosa bonita. Simplemente
no estaba acostumbrada. La discoteca en sí era pequeñita. La decoración era de
los años 60, parecía como si hubiéramos
entrado dentro de la película de Grease. Se ve que Viggo conocía al dueño, por eso nadie nos dijo nada cuando
entramos con ésas pintas. Porque si Viggo quería pasar desapercibido, no lo hubiéramos
conseguido.
Íbamos
demasiado arreglados para el sitio en sí. Había gente normal y corriente. Y sin
flashes a diestro y siniestro. Eso me gustó. Podría
relajarme un poco y pasármelo bien. Volvimos a pedir lo mismo. Al tercer gintonic, Orlando se puso a bailar en medio de la pista, con
la corbata atada en la frente. En ése momento sonaba una canción de David Gray. Cuando acabó, vino corriendo hacia la barra y pidió
otro gintonic. Estaba eufórico. Yo lo miré extrañada
y le pregunté:
Ángela: ¿Seguro que el gintonic
no tiene alcohol? –mirando fijamente a
Orlando, que en ése momento se cayó del taburete. Me agaché para ayudarle y
me di cuenta que Lin y Adam
estaban riendo por lo bajo. Les miré sospechosamente.
Los dos pusieron carita de santos. ¡Ay! estaba
claro que esos dos le habían introducido alcohol en gintonic,
pensé. Miré a Orlando compasivamente y él me miró fijamente:
Orlando: Sabías que tienes unos ojos muy bonitos…
¿Nunca te lo había dicho? –sonreí y le
contesté:
Ángela: Ya, ya… Lo que tú digas Orlando. Venga, levántate,
haz el favor. –entonces Lin y Adam no aguantaron más y se
echaron a reír como locos. Sabía que ellos habían tenido algo que ver.
No dejé
que Orlando tomara más gintonic, y si lo hacía,
estaban supervisados por mí. Lin se acercó mientras estábamos
bailando y me dijo:
Lin: An…
no seas aguafiestas, va… lo hemos hecho porque siempre es tan buenacito que… –le contesté:
Ángela: ¡Linnn! Ten
cuidado, te estaré vigilando –y le
indiqué con el dedo que la estaría observando, como toda una espía.
Nos
pusimos en un círculo y pasamos la noche bailando sin parar. Nos lo pasamos muy
bien. Y bailé con todos, incluso con Adam. Con Viggo me tocó bailar un tango. Fue digno de ver. Qué risa. Me
dió unos cuantos pisotones, aun así fue divertidísimo.
Parecía que Orlando ya se encontraba mejor. Pero se fue a sentarse, a la barra,
junto a Adam. Acababan de bailar los dos juntos y
estaban exhaustos después de tanto saltar y botar. Nos quedamos Lin, Viggo, David y yo en la
pista. Empezó a sonar una canción lenta. Lin cogió,
muy decidida a Viggo por la cintura. David me miró y
me tendió la mano, en el momento que inclinaba la cabeza. Parecía todo un
caballero, pidiéndome bailar.
Sonreí
y le cogí la mano. Él me agarró por la cintura. Yo puse la otra mano,
delicadamente, en su hombro. Empezamos a desplazarnos poco a poco hacía la
derecha y después lentamente a la izquierda. Miré a Lin
y Viggo. Estaban exagerando los pasos, parecían dos
espantapájaros, de lo recto que se movían. Me parece que a los dos se les había
subido un poquito lo que habían bebido.
David
me besó en la mejilla, y eso hizo que me girara hacia él. Me miraba con ojos
tiernos. Con los que hacía tiempo ningún hombre me había mirado. Me separó un
poco de él y me miró de arriba a bajo. Me atrajo otra vez hacia él y me dijo:
David: Me parece que el dibujo que te hice se
queda corto. Sin ti, los marineros se perderían en el camino, porque tú lo
iluminas. –mi corazón se estremeció. Me
atrajo más hacia él, para luego decirme, en un susurro–
Esta noche brillas como la más linda de las estrellas. –hacía tanto tiempo que nadie me decía algo tan bonito.
Le
apreté un poco la mano que me sujetaba y por un instante cerré los ojos. Y
pensé que si seguía diciéndome cosas hermosas, yo caería en sus brazos. Empezamos
a bailar más pegados el uno con el otro. Yo pasé mis brazos alrededor de su cuello y él me cogió de la cintura. Volví
a abrir los ojos y él aun me contemplaba con esos ojos que hacían que el
corazón me latiera con más fuerza. Si seguía mirándole no lo podría
resistir y lo besaría, así que me
distraje observando la bola central de espejos que había colgada del techo. Noté
un calido beso, pero esta vez no era en la mejilla. Sino en el cuello. Un
escalofrío recorrió mi columna hasta llegar a mi cerebro. Estaba demasiado
débil y un poco bebida para controlarme y saber realmente qué quería. Tenía
claro que deseaba volver a tener un hombre cerca y David tenía todos los números
para serlo. Era amable conmigo, cariñoso, detallista, me ayudaba siempre que
podía, y bueno era bastante apuesto, para qué negarlo. Y tenía una sonrisa muy
bonita.
Me
volvió a besar, un poco más arriba del lugar donde lo había hecho antes. Sus
labios eran carnosos y suaves. Me gustó, y volví a sentir ese pequeño escalofrío.
Así que le ofrecí más, estirando un poco el cuello. Mis brazos, lentamente bajaron
de su cuello, para ponerse en su pecho. Me siguió besando hasta que llegó a mi
oreja. Mis manos se agarraron a su camisa y lo retiré un poco. Abrí los ojos y
me encontré con los suyos. Un cúmulo de sensaciones me invadió. La tristeza y
soledad que había pasado, el lado de la cama siempre frío. Nadie con quien
cogerme de la mano, ni ningún hombro en quién apoyarme cuando estaba desconsolada.
Mirándole fijamente me dije a mi misma “¿y
porqué no?”. Sabía que podía volver a sufrir pero ya era hora que dejara
entrar a alguien más en mi vida y que lo superara de una vez.
Sus
manos empezaron a descender, acariciándome la espalda, que tenía descubierta
por el vestido. Hasta que una de ellas llego al borde del abismo. Yo alcé una
ceja y lo miré,
dudosa.
Él lentamente bajó un poco más su mano, y suavemente me agarró el trasero, para
luego atraerme paulatinamente hacía él. Inclinó la cabeza hacia la izquierda y…
Alguien
me separó con fuerza de David, vi un movimiento rápido
y luego David cayó al suelo. Me quedé perpleja. Vi a
David en el suelo, mientras se oía un “¡Oohh!” general. Después miré al hombre que estaba a mi
lado. Era Orlando. Parpadeé un par de veces, no entendía qué había pasado.
Volví a mirar a David, que ahora se estaba frotando el mentón. Miré otra vez a
Orlando que se estaba agarrando la mano con fuerza. Até cabos y comprendí que
Orlando le había pegado un puñetazo a David. Pero como todo había pasado tan
deprisa no me había dado tiempo a verlo. Miré extrañada a Orlando y él me
devolvió una mirada perdida. Mientras me acercaba hacia David le dije:
Ángela: ¿Pero… se puede saber que ha pasado? –sin dejar de mirar a Orlando.
Orlando
se pasó la mano por los cabellos, suspiró, dio media vuelta y se fue. Yo me
quedé atónita, mientras seguía con la mirada a Orlando. Me agaché y ayudé a
David a levantarse. Nos acercamos a la barra y lo senté en un taburete. Lin se nos acercó y me tendió un pañuelo blanco y una
cubitera llena. Me quedé unos instantes mirando la tela. Me recordó al que me
había dado Orlando, la noche en que yo estaba afligida. A los segundos
reaccioné, y delicadamente le puse el pañuelo con hielo en el mentón a David.