Capitulo 14

 

Pasó un mes, y los chicos aun estaban de gira. En la TV ya podíamos ver noticias de ésta. Incluso dieron algún trailer promocional de la película. Lin y yo estábamos muy contentas, ya habíamos reservado las entradas para el día del estreno. Pero Lin también estaba un poco triste, porque Adam solamente le había llamado una vez, seguramente no tendría tiempo. Así que yo la intentaba animar, saliendo con David a todos los sitios que se nos ocurrían.

 

Una tarde llegamos cansadas de trabajar, me despedí de Lin y subí lentamente las escaleras que conducían a mi apartamento. Al entrar, solté el bolso al lado de la puerta y con la pierna, la cerré de un golpe. Estaba realmente cansada, ese día había sido muy largo. Me dirigí al baño, puse el tapón a la bañera y encendí el grifo. Me metería y estaría dentro hasta que acabara arrugada como una pasa. Después de hacer esto, me fui a la cocina y me serví un vaso de zumo. Al volver hacia el baño, vi que la luz del contestador estaba encendida. Tiene un nuevo mensaje: “¡Annn! ¿Recibiste mi postal? Aquí ya empieza hacer un poco de calor…, bueno, qué te iba a decir… ¡Ah, sí! Que volvemos pasado mañana, así que nos reuniremos para cenar y salir de fiesta, te echamos de menos. ¡Hasta pronto!”. Era la voz inconfundible de Viggo. Al oírlo salí disparada hacia la puerta. Se lo tenía que contar a Lin. Al abrirla me choqué de pleno con Lin y por la sonrisa que llevaba, Adam le había dicho algo.

 

Esperamos con impaciencia ese día. Los fuimos a recoger al aeropuerto. Queríamos darles una sorpresa, pero se me ocurrió una cosa mejor. Nuestro jefe era familia de alguien importante del aeropuerto, así que le pedí dos uniformes de azafatas. Sería muy divertido. Nos los pusimos, nos recogimos el pelo en un moño y intercambiamos los puestos de dos empleadas de verdad. Estábamos al final del pasillo por donde salían los pasajeros, dónde les dábamos la bienvenida y repartíamos unos folletos de propaganda. Los chicos se acercaban por el fondo, ahora comprobaríamos si nos reconocían.

 

Adam se acercó decidido hacia Lin y le pellizcó el culo. Lin, que en ése momento estaba distraída con otra persona, se sobresaltó y se giró de golpe. Al verlo sonrió ampliamente, y se besaron tiernamente. Orlando pasó por mi lado, y se detuvo unos cuantos pasos más allá, pues estaba observando la propaganda que le acababa de dar. Después de él iba Viggo, que al ofrecerle la propaganda, me miró y soltó las bolsas que llevaba para chillar y abrir los brazos de par en par.

 

Viggo: ¡Aann! ¿Pero qué…? Ja, ja, ja me alegro de verte… –al momento que decía esto, me abrazó y me alzó unos palmos del suelo. Orlando empezó a decir:

 

Orlando: Ya decía yo… que me sonaba… –sonrió y dijo– Yo también me alegro de verte.

Pasé de los brazos de Viggo a los de Orlando. Parecía una muñeca. Yo pensaba que no nos reconocerían pero me sorprendieron todos. Fue muy divertido ver sus caras y las de los demás pasajeros, además de oír algunas bromas sobre nuestro especto. Dimos las gracias a las azafatas auténticas y nos fuimos todos juntos, entre carcajadas.

 

Con los coches nos llevaron a nuestros apartamentos. Al llegar Viggo nos anunció:

 

Viggo: Preparaos para esta noche, que saldremos de fiesta hasta tarde –ya no había más que decir, Viggo siempre estaba haciendo sus planes. Pero me hacía mucha ilusión– Poneos bien elegantes que os llevaremos a un restaurante de cuatro tenedores.

 

Como estaban cansados del viaje decidimos que nos encontraríamos luego. Hasta entonces descansarían. Busqué en el fondo del armario y encontré un vestido de noche, que me había comprado hacía tiempo pero que no había tenido la oportunidad de estrenar. Era de seda color rojo intenso. A media falda llevaba por encima una gasa semi-transparente de color negro, que provocaba el efecto de llevar varias faldas a la vez. Iba cogido por detrás del cuello, no tenía mucho escote, pero dejaba toda la espalda al descubierto. Lo acompañé por un bolso de mano rojo. Me di cuenta que no tenía zapatos y bajé a ver si Lin me dejaba unos.

 

Al llegar Lin se estaba acabando de arreglar. Se había puesto un vestido, también de seda, de color rosa crema, la falda tenía unos flecos, todos ellos recogidos por una flor a la altura de la rodilla. No tenía tirantes y lucia un hermoso escote, con otra flor en medio del pecho. También lo acompañó con un bolso de mano y un chal, los dos del mismo color que el vestido. Al final me dejó unos zapatos, con un talón más alto del deseado, de color negro.

 

Lin me miró el pelo y me preguntó si podía peinarme. Yo le dejé encantada. Pero advirtiéndole haber qué me hacía. Como yo tenía el pelo liso me dijo:

 

Lin: Hoy vas a cambiar, te voy a poner el pelo ondulado. –le contesté incrédula:

 

Ángela: Muy bien, haber si lo consigues. –conocía mi pelo y sabía que era liso y punto, por más que yo intentara lo contrario.

 

Al terminar me miré al espejo, tenía unos cuantos tirabuzones por aquí y por allá. Me gustaba mucho. Lin me miró y me comentó que solo tenía unos cuantos porque le había costado un montón. Mi pelo era realmente liso. Justo entonces los chicos llegaron.

 

En vez de venir con los coches vinieron en taxis. Alegaron que no tenían ganas de conducir. Primero bajó Lin, yo me había olvidado el bolso en mi piso y subí a por él. Al bajar todos se quedaron mudos. Pregunté qué pasaba y mientras Lin se reía, Viggo fue el primero en contestar:

 

Viggo: Estás muy hermosa. Me gusta el toque de las gafas. –odiaba las lentillas así que no tenía más remedio que ponerme las gafas. Pero tampoco es que me importara. Miré a Orlando esperando su respuesta, Viggo tuvo que darle un codazo para que hablara:

 

Orlando: Estás esplendida, nunca antes te había visto así. –sonreí y mientras me acercaba a ellos le contesté:

 

Ángela: Será porque nunca antes hemos ido a un restaurante tan elegante –le dije, con un poco de rintintín–  a parte, me da vergüenza ir así… –me senté con dificultad dentro del taxi y nos dirigimos hacia el restaurante. Viggo me preguntó qué habíamos estado haciendo nosotras durante éste tiempo Antes de ayer fuimos al teatro. David tenía unas entradas y nos invitó. –Orlando se acercó a mí y me dijo:

 

Orlando: Así que has estado quedando con David, ¿eh? –levantó una ceja y yo le respondí restándole importancia:

 

Ángela: Sí, hemos estado quedando para salir por ahí y me ha estado ayudando con la Historia que estoy escribiendo, ¿no se si te acuerdas…?

 

Orlando: ¿La Historia que no me dejaste leer? –me recriminó, yo continué:

 

Ángela: Como decía… ayer fuimos al festival de cine independiente –los demás ya habían entrado en el restaurantey vimos muchas películas a oscuras… –le guiñé un ojo mientras le apremiaba para que nos reuniéramos con los demás.

 

Ni qué decir que el restaurante era de lo más refinado, de esos que tienen siete mil tenedores a banda y banda del plato. La comida exquisita, y rompiendo todas las expectativas, acabé satisfecha. Parece que no, pero aunque las raciones eran más bien pequeñas, había varios platos y acabé llena. Pero lo mejor fueron los postres. Una carta entera de delicias exquisitas. Era difícil escoger. Yo comí unas simples pero deliciosas trufas con nata.

 

Para mí que las trufas llevaban licor, porque muy, muy recta que digamos, no iba al salir del restaurante. Nos dirigimos a una discoteca de moda, los reporteros ya estaban esperando en la entrada. Así que Lin y yo decidimos entrar primero. Los chicos posaron para las cámaras y entraron. Fueron directos a la barra y pidieron. Todos tomaron una cerveza, a excepción de Orlando que pidió un gintonic. Lin y yo preferimos tomar un güisqui con lima, ya que un día lo descubrimos y nos aficionamos a él. Los chicos hablaban con unos y con otros, productores, periodistas, etc. Nos quedamos en un rincón, pero después de terminarnos las copas Viggo me cogió de la mano y nos fuimos todos por una puerta donde se podía leer: “Prohibido el paso a personas ajenas a la empresa”. Yo extrañada pregunté: “¿Donde se supone que vamos?”. Viggo sin mirarme me dijo:

 

Viggo: Ya hemos cumplido con el protocolo, así que nos vamos a una discoteca donde pasemos más desapercibidos. Ese era el plan. Qué agobio –a eso que respondí sarcásticamente, pero en broma:

 

Ángela: ¡Ah! Está bien saber el plan de tanto en tanto. –en ése momento me sonó el móvil. Era David, ya casi ni me acordaba, le había dicho que después de la cena le diría a qué discoteca iríamos.

 

Al llegar, él ya nos estaba esperando en la puerta, y también tuve que aguantar sus elogios. Me ponía muy, muy nerviosa cuando me decían cualquier cosa bonita. Simplemente no estaba acostumbrada. La discoteca en sí era pequeñita. La decoración era de los años 60,  parecía como si hubiéramos entrado dentro de la película de Grease. Se ve que Viggo conocía al dueño, por eso nadie nos dijo nada cuando entramos con ésas pintas. Porque si Viggo quería pasar desapercibido, no lo hubiéramos conseguido.

 

Íbamos demasiado arreglados para el sitio en sí. Había gente normal y corriente. Y sin flashes a diestro y siniestro. Eso me gustó. Podría relajarme un poco y pasármelo bien. Volvimos a pedir lo mismo. Al tercer gintonic, Orlando se puso a bailar en medio de la pista, con la corbata atada en la frente. En ése momento sonaba una canción de David Gray. Cuando acabó, vino corriendo hacia la barra y pidió otro gintonic. Estaba eufórico. Yo lo miré extrañada y le pregunté:

 

Ángela: ¿Seguro que el gintonic no tiene alcohol? –mirando fijamente a Orlando, que en ése momento se cayó del taburete. Me agaché para ayudarle y me di cuenta que Lin y Adam estaban riendo por lo bajo. Les miré sospechosamente. Los dos pusieron carita de santos. ¡Ay! estaba claro que esos dos le habían introducido alcohol en gintonic, pensé. Miré a Orlando compasivamente y él me miró fijamente:

 

Orlando: Sabías que tienes unos ojos muy bonitos… ¿Nunca te lo había dicho? –sonreí y le contesté:

 

Ángela: Ya, ya… Lo que tú digas Orlando. Venga, levántate, haz el favor. –entonces Lin y Adam no aguantaron más y se echaron a reír como locos. Sabía que ellos habían tenido algo que ver.

 

No dejé que Orlando tomara más gintonic, y si lo hacía, estaban supervisados por mí. Lin se acercó mientras estábamos bailando y me dijo:

 

Lin: An… no seas aguafiestas, va… lo hemos hecho porque siempre es tan buenacito que… –le contesté:

 

Ángela: ¡Linnn! Ten cuidado, te estaré vigilando –y le indiqué con el dedo que la estaría observando, como toda una espía.

 

Nos pusimos en un círculo y pasamos la noche bailando sin parar. Nos lo pasamos muy bien. Y bailé con todos, incluso con Adam. Con Viggo me tocó bailar un tango. Fue digno de ver. Qué risa. Me dió unos cuantos pisotones, aun así fue divertidísimo. Parecía que Orlando ya se encontraba mejor. Pero se fue a sentarse, a la barra, junto a Adam. Acababan de bailar los dos juntos y estaban exhaustos después de tanto saltar y botar. Nos quedamos Lin, Viggo, David y yo en la pista. Empezó a sonar una canción lenta. Lin cogió, muy decidida a Viggo por la cintura. David me miró y me tendió la mano, en el momento que inclinaba la cabeza. Parecía todo un caballero, pidiéndome bailar.

 

Sonreí y le cogí la mano. Él me agarró por la cintura. Yo puse la otra mano, delicadamente, en su hombro. Empezamos a desplazarnos poco a poco hacía la derecha y después lentamente a la izquierda. Miré a Lin y Viggo. Estaban exagerando los pasos, parecían dos espantapájaros, de lo recto que se movían. Me parece que a los dos se les había subido un poquito lo que habían bebido.

 

David me besó en la mejilla, y eso hizo que me girara hacia él. Me miraba con ojos tiernos. Con los que hacía tiempo ningún hombre me había mirado. Me separó un poco de él y me miró de arriba a bajo. Me atrajo otra vez hacia él y me dijo:

 

David: Me parece que el dibujo que te hice se queda corto. Sin ti, los marineros se perderían en el camino, porque tú lo iluminas. –mi corazón se estremeció. Me atrajo más hacia él, para luego decirme, en un susurro– Esta noche brillas como la más linda de las estrellas. –hacía tanto tiempo que nadie me decía algo tan bonito.

 

Le apreté un poco la mano que me sujetaba y por un instante cerré los ojos. Y pensé que si seguía diciéndome cosas hermosas, yo caería en sus brazos. Empezamos a bailar más pegados el uno con el otro. Yo pasé mis brazos alrededor de  su cuello y él me cogió de la cintura. Volví a abrir los ojos y él aun me contemplaba con esos ojos que hacían que el corazón me latiera con más fuerza. Si seguía mirándole no lo podría resistir  y lo besaría, así que me distraje observando la bola central de espejos que había colgada del techo. Noté un calido beso, pero esta vez no era en la mejilla. Sino en el cuello. Un escalofrío recorrió mi columna hasta llegar a mi cerebro. Estaba demasiado débil y un poco bebida para controlarme y saber realmente qué quería. Tenía claro que deseaba volver a tener un hombre cerca y David tenía todos los números para serlo. Era amable conmigo, cariñoso, detallista, me ayudaba siempre que podía, y bueno era bastante apuesto, para qué negarlo. Y tenía una sonrisa muy bonita.

Me volvió a besar, un poco más arriba del lugar donde lo había hecho antes. Sus labios eran carnosos y suaves. Me gustó, y volví a sentir ese pequeño escalofrío. Así que le ofrecí más, estirando un poco el cuello. Mis brazos, lentamente bajaron de su cuello, para ponerse en su pecho. Me siguió besando hasta que llegó a mi oreja. Mis manos se agarraron a su camisa y lo retiré un poco. Abrí los ojos y me encontré con los suyos. Un cúmulo de sensaciones me invadió. La tristeza y soledad que había pasado, el lado de la cama siempre frío. Nadie con quien cogerme de la mano, ni ningún hombro en quién apoyarme cuando estaba desconsolada. Mirándole fijamente me dije a mi misma “¿y porqué no?”. Sabía que podía volver a sufrir pero ya era hora que dejara entrar a alguien más en mi vida y que lo superara de una vez.

 

Sus manos empezaron a descender, acariciándome la espalda, que tenía descubierta por el vestido. Hasta que una de ellas llego al borde del abismo. Yo alcé una ceja y lo miré,

dudosa. Él lentamente bajó un poco más su mano, y suavemente me agarró el trasero, para luego atraerme paulatinamente hacía él. Inclinó la cabeza hacia la izquierda y…

 

Alguien me separó con fuerza de David, vi un movimiento rápido y luego David cayó al suelo. Me quedé perpleja. Vi a David en el suelo, mientras se oía un “¡Oohh!” general. Después miré al hombre que estaba a mi lado. Era Orlando. Parpadeé un par de veces, no entendía qué había pasado. Volví a mirar a David, que ahora se estaba frotando el mentón. Miré otra vez a Orlando que se estaba agarrando la mano con fuerza. Até cabos y comprendí que Orlando le había pegado un puñetazo a David. Pero como todo había pasado tan deprisa no me había dado tiempo a verlo. Miré extrañada a Orlando y él me devolvió una mirada perdida. Mientras me acercaba hacia David le dije:

 

Ángela: ¿Pero… se puede saber que ha pasado? –sin dejar de mirar a Orlando.

 

Orlando se pasó la mano por los cabellos, suspiró, dio media vuelta y se fue. Yo me quedé atónita, mientras seguía con la mirada a Orlando. Me agaché y ayudé a David a levantarse. Nos acercamos a la barra y lo senté en un taburete. Lin se nos acercó y me tendió un pañuelo blanco y una cubitera llena. Me quedé unos instantes mirando la tela. Me recordó al que me había dado Orlando, la noche en que yo estaba afligida. A los segundos reaccioné, y delicadamente le puse el pañuelo con hielo en el mentón a  David.