Capitulo 13
Me
costó levantarme. Volvía a ser lunes, y los lunes siempre estaba de muy mal
humor, y más por las mañanas. Me revolví en las sábanas y después me estiré
para despejarme un poco. Al levantarme me agité el pelo para ver si mis
neuronas se despertaban un poco. Me dirigí hacia la cocina con cara de pocos
amigos y recordé que por la noche había visto la luz del contestador encendida.
Así que di media vuelta y me dirigí hacia allí. Pulsé el botón y la voz
robotizada dijo: “Tiene un mensaje nuevo”,
yo pensé “qué lista que es”. El mensaje sonó: “¡¡Hi!! ¿Como estás? Hace días que no sé nada
de ti. –reconocí la voz al instante, era Viggo– Para
ponerme al corriente que te parece si quedamos todos y hacemos una comida,
también puede venir tu amigo, si quieres… os pasaremos a buscar, estad preparadas”. Como siempre Viggo
hacía sus planes sin consultar. Pero gracias a su mensaje me puse de buen
humor.
Dicho y
hecho. A la hora de la comida, David se presentó con una mochila repleta de
bocadillos y los chicos vinieron a buscarnos con los coches. Después de
abrazarnos efusivamente Viggo y yo, nos dividimos en
dos coches. Adam y Lin
llevaban todas las bolsas con las bebidas más la mochila de David. Viggo conducía el otro coche, Orlando se puso a su lado y
David y yo nos sentamos detrás. Y les dije:
Ángela: Viggo, me alegro
que me llamaras, ha sido una buena idea. –sonreí de oreja a oreja– No
pierdas de vista el coche de Adam, solo faltaría que
se fugaran con la comida y la bebida.
Con
este comentario hice que todos se pusieran a reír. Y Viggo
me dijo:
Viggo: No sabes cuanto echaba de
menos esto, eres de lo que no hay. –yo le
corregí:
Ángela: Querrás decir que soy especial, ¿verdad? –todos se volvieron a reír y Viggo me guiñó un ojo, que vi por
el retrovisor. David se me acercó y entre susurros me dijo:
David: Después me gustaría darte algo… es una
sorpresa. –yo le miré de reojo y al
volver a mirar hacia delante observé que Orlando nos estaba mirando muy
atentamente por el retrovisor. Le miré y divertida le saqué la lengua.
Nos
llevaron a un parque cerca de allí. Nos instalamos en el césped, habían traído
un mantel y todo para hacer un verdadero pic-nic. Lin al verla dijo:
Lin: ¿A quién se le ha ocurrido lo del mantel? –Adam le miró sonriente y le contestó:
Adam: Como un día me lo comentaste…
pensé que te gustaría. –Lin lo miró complacida y dijo:
Lin: Acertaste… –y con un
movimiento de la mano le dijo que se acercara– Si es que mi hombre piensa en
todo.
Seguidamente
le dio un sonoro beso. Nos pusimos a comer, y como no podía faltar, a mitad de
la comida me disculpé y les dije que tenía que ir al baño. Me levanté y David
se ofreció para indicarme donde estaba. Fue muy amable y me acompañó. Al salir,
David trazó una sonrisa misteriosa, y me dijo:
David: Quería encontrarte sola porque he hecho
esto para ti. –me
tendió un papel que estaba enrollado como un pergamino, y cerrado con una cinta
roja– Espero que te guste. –le miré intrigada y lo cogí.
Al
abrirlo contemplé un dibujo hecho a carboncillo*. Era una mujer tumbada en una
cama. De esta, en cada esquina, colgaban cortinas. La mujer reposaba su rostro en la mano
izquierda, y la derecha sobresalía por el borde de la cama, suspendida en el
aire. Estaba desnuda. Sólo le tapaba una sedosa sabana, pero se podían distinguir
sus curvas. Me fijé en la cara, tenía una hermosa sonrisa y el pelo le caía
delicadamente hacía delante. Era muy hermoso. Pero al fijarme más, descubrí
sorprendía que:
Ángela: La mujer del dibujo… ¿soy yo? –David afirmó con la cabeza, y yo abrí los ojos– Me gusta mucho, muchísimas gracias, pero… te
tengo que preguntar algo… ¿Cómo lo has dibujado?
David: Lo dibujé de memoria y claro está, el resto
me lo inventé, dejé volar mi imaginación –
dijo, para después reír.
Apareció
Viggo por el fondo y nos dijo:
Viggo: ¡Hey!
Os estáis perdiendo una interpretación buenísima de Orlando y Adam. –Viggo me miró, se quedó en la entrada de los baños para
hombre y dijo– No he interrumpido nada, ¿verdad?
Yo le
dediqué una severa mirada. Por suerte David no me vió.
Viggo miró el pergamino
y preguntó:
Viggo: ¿Qué es esto? Si se puede
saber… –y aun me miró más fijamente.
Me guardé el dibujo detrás de la espalda y le contesté:
Ángela: Nada, que David me ha regalado una cosita qu-… –no pude
terminar la frase porque noté que alguien me quitaba el dibujo de las manos. Me
giré de golpe y vi que Orlando lo estaba mirando,
pero no dijo nada.
Orlando: ¿Lo ha hecho David? Vaya, estás hecho todo
un artista –en ése momento Viggo salió del baño y se colgó del cuello de David
preguntando:
Viggo: ¿Quién es un artista? –Orlando le pasó el dibujo y Viggo lo miró atentamente, vió la
firma de David y le dijo– A mi también me gusta
mucho dibujar… ¿con qué lo has hecho? –y
así Viggo se llevó a David. Aun cogiéndole del cuello,
empezaron a andar.
Yo les
seguí unos cuantos pasos por detrás, pero entonces Orlando me tiró del brazo y
me paré en seco. Sorprendida le miré:
Orlando: An, tú… ¿has
posado para él? –mientras me miraba
inquisitoriamente:
Ángela: ¡Claro que no! Sabes que a mí estas cosas
me dan vergüenza… –le contesté. Orlando
me miró fijamente, escrutando mis ojos y volvió a advertirme:
Orlando: Si te pusiste colorada solo
por que te vi en ropa interior… solo ten cuidado con
él, An. –le
miré malhumorada y le contesté:
Ángela: No volvamos con las mismas, ¿eh?
Ya soy mayorcita, aunque no te lo parezca. –me solté de su mano y di unos cuantos pasos
hacia delante. Me giré ligeramente para mirarle y decirle–
Y si… ¿esta vez yo quiero?
Y me
fui tan campante. Después de comer estaba llenísima, casi ni podía moverme.
Estaba todo delicioso. Nadie podía superar a la comida preparada por Adam. Y como siempre que terminaba de comer, me cogió unos
instantes de adormilamiento.
David, que estaba a mi lado, me cogió delicadamente de los hombros y me recostó
sobre su pecho. Yo me dejé llevar. Cerré los ojos unos instantes y sentí la
fragancia del aire fresco y el calor del sol en la cara. David me acarició con
suavidad la mejilla y siguió con el brazo. Me gustaba tanto que me acariciaran
de ese modo, que no pude evitar hacer un pequeño ruidito de aprobación. Abrí vagamente
los ojos, y entornándolos miré hacia David. El me sonrió y yo se la devolví tímidamente.
Si tenía que ser sincera, aun no sabía muy bien que sentía por David. Estaba
claro que era muy atento y como ya había dicho (cuando estaba borracha)
necesitaba a un hombre a mi lado. Después de reflexionar unos instantes
observando a David, vi que Lin
se removía y la miré. Estaba mirando cómplicemente a Orlando. Enarqué una ceja
y miré intrigada a Lin. Ellos dos estaban tramando algo, pero aun no sabía que.
Volví a
cerrar los ojos y dejé que los rayos del sol me atraparan por completo, como si
fueran un tónico reconfortante. Pero alguien me lo tapó. Abrí los ojos y
delante de mí estaba Viggo, me sonrió y se sentó a mi
lado. Yo me incorporé y le miré extrañada:
Ángela: ¿Si? –pregunté
curiosa:
Viggo: Nada… como te echaba en falta,
quería charlar un poco contigo. –no pude
evitar sonreír y me interesé:
Ángela: ¿Cómo va la película? ¿Sabías que leí un
artículo sobre el rodaje? Fue divertido y extraño a la vez leer sobre ello
cuando yo misma había estado allí… –Viggo se rió y me contestó:
Viggo: Sigues tan curiosa como
siempre, ¿eh? Yo sentía lo mismo al principio de ser famoso, y aun así todavía me parece raro verme en las revistas del
corazón. Pero Orlando sabrá más de eso, ¿verdad? –se rió a carcajadas y los dos lo miramos.
Orlando: ¡Oh vamos,
cállate! –dijo cortantemente. Viggo continuó:
Viggo: La semana que viene ya vamos
de gira a diferentes ciudades, para promocionar la película. Así que durante
una semana o dos, no nos volveremos a ver.
Ángela: ¡Aaahhh! Ya está
acabada la peli –miré
instintivamente a Lin, que también me miraba. ¡Por
fin podríamos verla! Me alegré muchísimo y así se lo hice saber–
¡Qué guai! Por fin… ¡oh! ¿Y ahora qué? Quiero decir…
¿Qué vas hacer, tienes pensado algo?
Viggo: Habíamos comentado con los
chicos hacer un pequeño crucero… pero aun no es seguro, depende de si Orlando
se lanza y le va bien –después de decir
esto me guiñó un ojo.
Seguimos
charlando un buen rato, hasta que se hizo un poco tarde y Lin
dijo:
Lin: Nosotros nos vamos, que queríamos ir a visitar el
museo de la ciencia. –yo pregunté:
Ángela: ¿Vais a andar más? ¿No habéis tenido
suficiente por hoy? – dije, mirando
sorprendida a Lin.
Adam: Como es poco usual en ella,
más vale que aprovechemos. –los dos nos
reímos y yo les dije:
Ángela: Pues yo me voy a comprar el nuevo fascículo
de “Como aprender inglés en mil palabras”.
David: Te acompaño. –se apuntó David. Orlando también dijo:
Orlando: Yo también voy, total no tengo nada que
hacer…
Así que
nos despedimos de Viggo. Con su abrazo parecía que no
me volvería a ver en la vida. Le deseé mucha suerte y le dije que me enviara
una postal de algún sitio bonito. Y así lo prometió.
Nos
dirigimos en direcciones opuestas, mientras giraba hacia la derecha, me
despedía con el brazo de Lin y Adam.
Ellos andaban en dirección contraría y entonces Lin
gritó:
Lin: ¡Ah, David! Ven a recoger la mochila, sino se
quedará en el coche de Adam y vete a saber cuando te
la devolverá. –David dio media vuelta y se dirigió hacia
ellos.
En
cuanto llegó a su lado, Lin le sonrió y le cogió del
brazo. Girándose hacia nosotros y diciéndonos adiós, efusivamente con la mano.
Orlando me cogió del brazo y me tiró un poco para que empezara a andar, devolviéndole
el adiós a Lin. Y me pareció ver que Lin le guiñaba
un ojo. Así pues, nos fuimos Orlando y yo.
Empezamos
a andar, y dirigí a Orlando a una librería pequeñita y antigua, que había
encontrado un día paseando, después de un largo y pesado día de trabajo. El
dueño ya me conocía, había comprado allí varios libros. Vamos que ya era una
clienta habitual. Y como ya me conocía, siempre me guardaba un número de “Como aprender inglés en mil palabras”.
Ya iba por el cuarto volumen. Lo especial de esta librería era que tenían un
apartado en castellano, por eso pude seguir mis lecciones. Incluso había
revistas de nuestro país. Me sorprendió mucho y al preguntar me explicó que él
tenía el hijo allí en España y era él quien le enviaba los pedidos.
Al
salir de la librería, Orlando me dijo:
Orlando: Te voy a pagar lo que te debo… –y me
miró lentamente.
Ángela: ¿Lo que me debes? No se a qué te refieres –pregunté intrigada. Él se rió sin más y
me contestó:
Orlando: Te debía un trozo de pastel de chocolate…
¿supongo que te apetece, verdad? Y si a parte lo acompañamos con un capuchino… –abrí los ojos de par en par, y asintiendo
efusivamente le dije que me apetecía mucho. Sonrió ampliamente. Y me cogió
de la mano como si fuera una niña pequeña y me fuera a perder.
Al
instante apareció de golpe una mano con un micrófono. Di un salto de tres
metros por lo menos. Y empezaron de nuevo las molestas preguntas. Que si
aquello, que si lo otro y lo de más allá. Orlando, secantemente,
le dijo:
Orlando: La semana que viene estreno una película,
espero que todo el mundo la vaya a ver, ya que es por fines benéficos. No
pienso hablar de mi vida privada. Vamos. –me
dijo, tirándome de la mano.
Pero la
periodista parecía no entender la indirecta. Y siguió preguntando. Entonces le
hizo una pregunta sobre Kate. De debajo las piedras
salieron más periodistas. Al momento Orlando se desesperó y empezó a correr. Yo
salí disparada detrás de él. Por poco no me arranca el brazo del tirón que me
dio. Doblamos a la izquierda, después a la derecha. No se cuanto corrimos ni cuantas
esquinas doblamos, pero no les conseguimos despistar. Vi
unos grandes almacenes, se los señalé a Orlando y pareció entender el mensaje.
Quizás si nos adentrábamos en ellos, con la gente nos ayudaría a despistarlos.
Entramos
y cogimos el ascensor. Pulsando rápidamente el botón para cerrar las puertas, conseguimos
dejar fuera a los reporteros. Subimos hasta la quinta planta. Salimos corriendo
del ascensor y cogimos las escaleras, creo que subimos dos pisos más. Yo ya no
podía más. El corazón me salía por la boca. Y mis pulmones ya no alcanzaban a
respirar más rápido. Le di un tirón a Orlando para que se detuviera y como pude
le dije:
Ángela: ¡Aight! yo-… ya-…
no-…puedo-… más… ¡buff! –Orlando miró hacía un lado y hacia otro. Estabamos
en la planta de ropa para mujer. Levantó las cejas y me tiró de la mano.
Andamos
rápido y al momento noté que me tiraba de la mano hacia él. Me empujó con la
otra hacia dentro de un probador. Y echó la cortina. Cabreado me dijo:
Orlando: ¡Cuantas veces tendré que repetir que no
quiero hablar de mi vida privada! –me reí
por lo bajo y le dije:
Ángela: Por lo menos una vez más. –deje de reír y miré fijamente a Orlando– Entiéndelo, las fans se preocupan por tí. Es la única manera que tenemos de informarnos…
Orlando: ¿Informaros? – dijo, en un tono molesto–
¿Por eso prefieres comprarte revistas en vez de preguntarme? Teniendo el
auténtico aquí mismo…
Oímos
ruido y Orlando instintivamente me atrajo hacia él. Me apretó fuerte con sus
brazos. Nuestra respiración aun era agitada. Mi nariz rozaba su cuello y
aspiraba su mismo aire mezclado con su perfume. Notaba cada músculo de su pecho
junto al mío. La verdad es que me sentía muy bien entre sus fuertes brazos (pero
¿y quién no?). Me puse colorada, tenerle tan cerca aun hacía que me temblaran
las rodillas. Ya no oía ruido, los periodistas se habían ido. Pero vi que su mano me aferraba un poco más, como si no me
quisiera soltar, todavía. Me quedé casi sin respiración y le dije suavemente:
Ángela: Orlando, –lo miré dulcemente a los ojos– me estás
haciendo daño.
Él bajo
la cabeza y rápidamente me soltó, diciendo:
Orlando: Lo siento… –con una mano apartó la cortina y miró– Ejem, me parece que ya podemos salir. –se pasó la mano por los cabellos y entonces se me ocurrió:
Ángela: ¡Ah! Un momento, tengo una idea. Espérame
aquí, ahora vuelvo. –le dije.
Orlando: ¿Pero me piensas decir que vas hacer? An, espera…
Pero yo
ya había salido del probador y me dirigí hacer algunas compras. Volví al
probador con algunas bolsas. Y mientras sacaba de la bolsa una gran pamela y
una peluca rubia, le dije:
Ángela: Te vas a disfrazar de mujer. –Orlando me miró intrigado y preguntó:
Orlando: ¿Crees que funcionará? –yo segura le contesté:
Ángela: ¿No eres actor? Pues tómatelo como tal…
Con el
vestido, la pamela, las gafas de sol y la peluca, tengo que decir que ni yo lo
hubiera conocido. Aunque si le mirabas las piernas peludas y las bambas… Bueno,
lo intentaríamos. Le di un toque más. Le puse pintalabios. Le cogí de la
barbilla e hice que me mirara.
Ángela: A ver, abre un poco la boca… no, no tanto,
así, no te muevas. –la verdad es que la
escena era muy cómica, pero a mi me pareció de lo más sensual. Le acaricié los
labios delicadamente con el pintalabios rojo, primero la parte de arriba y
después pasé a la parte inferior. Ya había probado esos labios una vez, eran
tiernos y cálidos, me dieron unas ganas irrefrenables de besarle de nuevo.
Pero lo vi vestido de mujer, y fue como un jarrón de
agua fría.
Salimos
del probador y los vimos por ninguna parte. Pasamos por al lado de un grupo de
mujeres y ni nos miraron. Parecía que el disfraz funcionaba. Al bajar a la
planta baja, nos dirigimos directos a la salida, y entonces fue cuando vimos
todo el grupo de reporteros esperándonos. Nos detuvimos en seco y fuimos a la
otra salida. Pero allí estaba la primera reportera que nos había abordado. Por
suerte solo estaba ella y el cámara. Orlando parecía
indeciso, pero yo le apreté la mano y empecé a andar. Al pasar por su lado,
Orlando bajó la cabeza para taparse con la pamela. Y por unos instantes dejamos
de respirar. Al salir del edificio volvimos a coger aire y respiramos
tranquilos. Lo habíamos logrado, estábamos fuera. Empezamos a andar un poco más
deprisa. Al girar la esquina, Orlando sonrió y me dijo:
Orlando: ¡Eres un genio! nunca se me hubiera
ocurrido. –yo lo miré divertida y le dije:
Ángela: Pero aun me acuerdo que me debes un pastel
de chocolate.
Orlando
me dijo que lo siguiera. Al cabo de unas dos calles entramos en el Starbucks, una
cafetería donde hacen los mejores cafés del mundo. Al pedir, el dependiente lo
miró extrañamente. Orlando pidió un café con leche, un chocolate caliente y
como no, un trozo bien grande de pastel de chocolate. Así mismo se lo dijo. Al
darnos lo que habíamos pedido, el chico dijo:
Dependiente: Son 10£ y tu numero de teléfono. –Orlando me miró con los ojos como platos y
le contestó:
Orlando: Aquí tienes las 10£ y lo siento, pero ya
estoy cogido… –se giró hacía mí y me besó
en la boca. Yo me quedé inmóvil con los labios manchados de carmín. Aun
estaba perpleja, pero entonces me pasó el pastel por las narices y mientras se
marchaba dijo:
Orlando: Sino lo quieres… –mi nariz siguió, como un perro, la bolsa con el pastel. Solo me
faltaba la baba cayendo.
Fuimos
a su piso. Y devoré el pastel, en un abrir y cerrar de ojos. Orlando se quedó
flipando:
Orlando: Si con todo eres así de apasionada… te lo
tienes muy escondido. –me dijo en el
momento en que se quitaba las gafas de sol y me miraba sugerentemente. Pero
entonces le dije:
Ángela: Con esas pintas no impresionas mucho –le dije medio riendo. Él se acercó y sin
dejar de mirarme me contestó:
Orlando: Pero tengo una arma secreta… –yo le miré incrédula – …el pintalabios.
Me
cogió de los brazos y comenzó a inundarme de besos por toda la cara. Acabé
llena de pintalabios por toda ella. Mi cara parecía como si acabara de salir de
un campo de batalla, porque estaba toda roja. Al fin cesaron sus besos, porque
se le acabó el carmín. Al verme se hecho a reír como un loco. Yo le iba a decir
algo, pero sonó el timbre.
Orlando
fue a abrir. En el otro lado estaba Viggo que al
vernos, primero se sorprendió y después se puso a reír. Al cerrar la puerta tras
de sí, nos preguntó:
Viggo: ¿Se puede saber a qué clase de
juego jugabais? –nos miramos y nos
echamos a reír. Realmente parecíamos dos payasos que se habían escapado del
circo. Orlando le explicó las peripecias que habíamos pasado aquella tarde y yo
fui a lavarme la cara.
Viggo
nos dijo que nos invitaba a comer y los dos aceptamos encantados. Claro esta
que antes de salir Orlando se cambió de ropa. Al día siguiente partían a promocionar
la película.
*carboncillo: Palo delgado de madera ligera que, carbonizado, sirve para dibujar y hacer bocetos.