Capitulo 12
Al entrar en la cafetería vi que David ya me estaba esperando. Se había colocado en una de las mesas al lado de la pared, sentado en los sofas adosados que habían. Me acerqué. Él se levantó para saludarme y me retiró la silla para que me sentara, muy cortesmente. Yo se lo agradecí con un ligero movimiento de cabeza. Pedí un batido de chocolate, y miré sonriente a David:
Ángela: Eh… Gracias por el almuerzo, ha sido un
detalle por tu parte. –le dije, mientras
Bruno (un compañero de trabajo) se acercaba y me dejaba mi chocolate en la mesa.
David: No hay de que…
ayer me lo pasé muy bien. –entonces me
acordé y le pregunté de sopetón:
Ángela: ¿Cómo sabías que prefiero el batido de
chocolate en vez del café? –él
levantó una ceja y me respondió:
David: Me fijé cuando se lo pedías al camarero
(señalando a Bruno) el primer día, cuando estabas con Eylin.
Ángela: ¿Cómo te pudiste fijar en eso? Y… ¿Aun te
acuerdas? … por Dios. –puse los ojos en
blanco un segundo mientras colocaba la maleta en
mi regazo. Luego extraje el fajo de papeles. Con ellos ocupé toda la pequeña
mesa.
David: Lo encontré muy especial, normalmente aquí
todo el mundo se pide o un té o un café solo. –Le quité importancia y abordé el tema por el cuál había quedado con
él, ya que estaba ansiosa para saber la opinión de alguien:
Ángela: Siento que esté tan desordenado, pero aun
no me he tenido tiempo para graparlo, a ver… aquí tienes la introducción y después va éste, no, éste… –le alargué primero un par de hojas, y después le pasé un fajo de unas cinco hojas.
David
dejó la taza que tenía en sus labios en el plato, y cogió las hojas que le
entregaba. Y extrañado me pregunto:
David: ¿No tiene título? –yo negué con la cabeza, medio avergonzada– No te preocupes, conforme
avances, te saldrá solo.
Se lo
empezó a leer, y ya en la introducción, sacó un rotulador rojo de la chaqueta y
empezó a garabatear. A poner flechas de aquí para allá y a tachar cosas. Cuando
terminó me paso la introducción, y se empezó a mirar el capitulo uno. Después
de leerlo me sorprendí mucho, con sus arreglos la Historia se entendía mucho
mejor, no tenía color. Y con el primer capítulo paso lo mismo.
Ángela: ¡Guau! Es impresionante así la Historia
mejora muchísimo. Perdóname, tengo que ir al baño un segundo.
Al
volver, vi que junto a David estaba sentado alguien más. Estaba de espaldas,
pero por la manera de llevar la bufanda y ése gorro ya supe quién era. Me
acerqué por detrás, intrigada por saber que hacía allí, y vi que tenía en las
manos la introducción de mi Historia. Tiré de las hojas hacia arriba, él siguió
con la mirada las hojas y se giró hacia mí.
Ángela: ¿Se puede saber por qué la estás leyendo,
Orlando? ¿Y cómo has sabido que estaba aquí? –le pregunté.
Orlando: ¿Cómo sabes que te estaba buscando a ti? He
ido a tu piso, y como no había nadie he picado a Lin, ella me ha dicho donde
encontrarte… –cambió de tema y me
preguntó– ¿Y se puede saber por qué no puedo leerla? Te podría dar mi
opinión…
Ángela: ¡Ah, no! Eso ni hablar, no quiero…
Orlando: ¿Acaso no confías en mi?
¿Y por qué él puede leerla, eh? –mientras
señalaba a David.
Ángela: Porque él –también le señalé– me la está corrigiendo. ¡Es impresionante! Me
está ayudando mucho, con él la Historia quedará de maravilla. Anda, no te
enfades, me da vergüenza que la leas…
Sonreí
tímidamente a Orlando y el me devolvió una sonrisa tierna, en el momento que
decía:
Orlando: Así que es impresionante, ¿no? –se
giró hacia David y le lanzó una mirada de hielo. David solo levantó las cejas,
acompañando el movimiento con los hombros.
Ángela: Anda, por favor, vete y déjanos trabajar.
No dijo
nada más y se fué, desilusionado. Me supo mal y me acerqué a él antes de que
abriera la puerta, y le dije:
Ángela: Orlando, espera… –él se giró y me miró– después he quedado con Lin para ir al National Art. ¿Por qué no te pasas? Seguramente Adam también
vendrá. –le sonreí ampliamente y volví
para sentarme con David.
Estuvimos
toda la tarde comentando
Empezamos
a recorrer los largos pasillos, casi no había ruido. Había algunos grupos de
estudiantes que iban con guías, así que decidimos acoplarnos a ellos, para
poder escuchar las explicaciones de cada cuadro. En el colegio había estudiado
Historia del Arte y realmente me fascinaba. Había cuadros de Rembrandt,
Velázquez, Botticelli, Jacques-Louis David, entre otros.
En mi bolso empezó a sonar una melodía estridentemente: era el móvil. Cómo no,
se me había olvidado desconectarlo. Todo el mundo me miró, y el personal del
museo se nos acercó para decirnos amablemente que teníamos que desconectar los
móviles al entrar. Me encogí de hombros, me puse en un rincón y finalmente
descolgué el teléfono. Era Adam, me preguntaba dónde nos encontrábamos y que
vaya suerte que había podido contactar conmigo, porque sino no hubiera podido
encontrarnos. Entre susurros le dije que estábamos en las esculturas del
neoclásico y colgué, porque la chica del museo ya se estaba desesperando
conmigo. Decidimos separamos del grupo y entramos donde habíamos quedado con
Adam. Había unas vidrieras enormes, parecía un laberinto. Las esculturas del
neoclásico eran las que más me gustaban ya que, entre otros, trataban el tema
de la mitología.
Estábamos
tan concentradas leyendo la explicación de la escultura que teníamos delante
que no nos dimos cuenta de que por detrás se nos aproximaban dos personas. Nos
abordaron sin escrúpulos, y tanto Lin como yo soltamos un inmenso grito. Incluso
nos llamaron la atención. Al girarnos nos dimos cuenta que eran los chicos.
Orlando se había animado a venir, también. Lin se puso a regañar a Adam por el
gran susto que nos acababan de dar, y la chica nos volvió a mirar mal. Así que
Adam, para que se callara, le dió un tierno beso. Y funcionó. Seguimos nuestro
camino.
Orlando: No sabía que te gustara todo esto de la
escultura… –me dijo Orlando, sorprendido.
Ángela: ¡Pues sí! Hay muchas cosas que no sabes de
mí. La verdad es que la Historia del Arte me interesa gracias a una profesora
que tuve, lo explicaba de maravilla. También me fascina mucho la pintura del
s.XIX.
Lin se
adelantó unos metros y se quedó contemplando la escultura que tenía a su
derecha. Orlando la siguió con la mirada y se puso a su lado, cogiéndola por el
brazo. Adam y yo nos quedamos más rezagados. Entonces me preguntó por la
escultura que estaba observando, y leí en voz alta lo que ponía en la ficha. Al
cabo de un rato Adam miró hacía un lado y hacía el otro. Extrañado me preguntó:
Adam: ¿Sabes dónde están ese par? Hace un buen
rato que no les veo.
Ángela: Pues ahora que lo dices… si que hace rato. –le contesté, también extrañada.
Adam: Los voy a buscar, ¿vienes? –me preguntó. Y yo asentí.
Estuvimos
buscándolos un buen rato, se habían avanzado bastante. Nos aproximábamos por su
izquierda, cuando vimos que Lin le ponía una mano en el hombro a Orlando y éste
negaba con la cabeza. Y después se abrazaron. Adam y yo nos miramos, aun más
extrañados. Nos acercamos sigilosamente para escuchar de qué hablaban:
Lin: (…) pero si tú tienes una sonrisa muy bonita,
de verdad. –a los dos se nos pusieron los
ojos como platos.
Orlando: (…) no me puedo quitar de la cabeza el beso
que … –Orlando
no pudo terminar la frase porque Adam no lo aguantó más y apareció delante de
ellos, mientras carraspeaba.
Los dos
se giraron hacía él y callaron al instante. Yo aparecí detrás de Adam y miré
primero a Lin, después a Orlando. Él desvió la mirada hacia un lado, se sonrojó
y bajó la cabeza.
Adam se
aproximó a Lin y la cogió de la cintura para levantarla del suelo, en el momento
en que la miraba a los ojos y le decía:
Adam: Así que él tiene una sonrisa bonita, ¿eh? –Lin le rodeó el cuello con los brazos y él
continuó– Pues me parece que esta noche vas a dormir solita… –entonces, Lin le miró pícaramente, y le
mordió el labio inferior. Se descolgó de su cuello y con las manos recorrió su
torso, acariciando cada músculo de su pecho, hasta llegar a su cinturón. Se
giró de espaldas a él y le dijo:
Lin:
Como quieras… tu mismo. –Adam estiró los
brazos en cruz:
Adam:
De acuerdo, soy débil… ¡SOY DÉBIL! –chilló.
Al instante aparecieron dos guardias de seguridad y se pusieron delante de él.
Lin se giró y al verlo se fue hacía él. Por detrás de los dos guardias estaba
la señora que antes nos había llamado la atención.
Los
guardias les pidieron que les acompañaran a la salida, y así lo hicieron, no
estaban en condiciones de decir nada. Ya era la tercera vez que nos llamaban la
atención. Al verlos me acerqué a Orlando y le dije:
Ángela: Será mejor que los sigamos… –no me miró e intentó decirme:
Orlando: An… yo… –pero
le corté y mientras le sonreía, le dije:
Ángela: También puedes confiar en mí si necesitas… –entonces fue él quien me cortó y dijo:
Orlando: Yo… estoy un
poco confundido… eso
es todo.
Al
salir, Lin estaba muy enfadada con Adam:
Lin: ¡Nunca en mi vida había pasado tanta
vergüenza! Esta noche duermes en el sofá, que te quede claro.
Adam le
puso carita de niño bueno y la rodeó con sus brazos. Al final quién sabe que
pasó.
Al
llegar a mi piso, había una luz parpadeante en el contestador. Pero como era ya
muy tarde me fui directamente a la cama. Me tumbé en ella y vi que la almohada
aun tenía la forma que le había dado Orlando. Sonreí y me quede dormida.