Capitulo 11

 

No sé cuanto tiempo pasé recostada sobre el pecho de Orlando. Levanté la cabeza con parsimonia y me sequé las lágrimas que aun quedaban en mis mejillas. Orlando me miraba preocupado. Pero se quedó en silencio, solo me miraba. Desvié la mirada hacia la ventana y después de tragar saliva, estaba decidida a hablar de ello. Le dije, con una voz suave y tranquila.

 

Ángela: Ya hace dos años, que encontré… –él me cortó delicadamente y dijo mirándome a los ojos:

 

Orlando: No hace falta que me lo cuentes… –negué con la cabeza y apreté los labios, después le miré y continué:

 

Ángela: Encontré a mi novio, ex-novio con mi compañera de piso, en mi cama. Y desde, desde… –me detuve unos instantes– Desde entonces no he tenido el valor suficiente para estar con alguien más. No quería volver a sufrir y me dediqué enteramente a mi trabajo. Desde aquel día he odiado a todos los hombres y no he querido saber nada más de ellos. –nos quedamos unos instantes mirándonos el uno al otro. Orlando me acarició con ternura, casi sin querer tocar mi mejilla húmeda, por temor– Pensaba que lo tenía superado y que no necesitaba a nadie. Hasta que he visto a Adam y a Lin, esta noche, tan cariñosos, el uno con el otro. Las miradas, las caricias que se hacían. Hace tanto que no tengo a un hombre a mi lado. Ya casi no me acordaba lo débil y sola que me he sentido todas estas noches… en aquellos tiempos, y aun ahora, me pregunto si fue culpa mía…

 

En ese momento las piernas me fallaron, y nos quedamos sentados en el suelo, al lado de los sillones de la ventana. Pero Orlando no me soltó. Empezaron a brotar las lágrimas de nuevo. Agaché la cabeza, no quería que Orlando me viera llorar. Él me puso una mano en la cabeza. Y esperó.

El volver a estar cerca de un hombre, que me sujetaba con tanta fuerza, me produjo nostalgia. Esa fuerza que me tranquilizaba pero que al mismo tiempo me recordaba todas las noches que el otro lado de la cama lo había encontrado vacío y frío. Me agarré fuertemente por la espalda a su camiseta. Y Orlando me correspondió atrayéndome hacia él aun más. Cuando dejé de llorar, me levantó con dulzura e hizo que me sentara en uno de los sillones. Se sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y me lo ofreció. Me soné. Él se arrodilló frente mío y buscó mis ojos, que estaban perdidos en los recuerdos. Y me dijo en un susurro:

 

Orlando: Claro que no fue culpa tuya… ¿Y sabes qué…?  me miró con seguridad–  ¡Él se lo pierde!

 

En mis labios surgió una media sonrisa, y entonces dijo:

 

Orlando: Así me gusta, que sonrías. se hizo un breve silencio y añadió–  Será mejor que vayas a descansar.

 

Sin previo aviso me cogió en brazos y nos dirigimos hacia la habitación. Me dejé llevar sin decir nada. Como un perrito dócil que obedece a su amo. Con cuidado me recostó en un lado de la cama. Mientras me acariciaba el pelo me dijo:

 

Orlando: Buenas noches, mañana será otro día y lo verás diferente. –se agachó y me dio un beso en la frente.

 

Miré hacia el otro lado de la cama, deslicé el brazo y lo encontré frío. Me volví para mirar a Orlando, pero él ya estaba de espaldas y se dirigía hacía el comedor. Alargué el otro brazo hacía él, y conseguí sujetarlo por la punta de la camiseta. Orlando al notar el estirón, se detuvo. Se giró ligeramente, mirando la mano que le sujetaba la camiseta con fuerza. Recorrió con la mirada el brazo hasta que llegó a mis ojos, que ya le estaban contemplando con inquietud. A continuación le dije:

 

Ángela: Quédate a mi lado esta noche, por favor… –entornó los ojos y no dijo nada. Simplemente se tumbó a mi lado.

 

Me giré hacia él y apoyé la cabeza en su hombro, reposando la mano en su pecho. Orlando me la cogió y nos quedamos así. Cerré los ojos y aspiré al perfume de aquél hombre que tenía a mi lado. Pude sentir los latidos de su corazón a través de la mano que tenía en su pecho. Y hasta mí llegaba el calor que desprendía su cuerpo. Sentí todas estas sensaciones hasta que el sueño me venció y me sumí en un profundo letargo.

 

Abrí los ojos de golpe, la cabeza me dolía bastante. Recordé que por la noche habíamos bebido todos un poco, bueno, mucho más de la cuenta. Giré, lentamente, la cabeza hacia la derecha. Y allí estaba Orlando, tumbado a mi lado. Hice resbalar mi mano hacia su lado, estaba caliente. Me alegraba de que se hubiera quedado toda la noche a mi lado. Ya me sentía mejor. Si no contaba el dolor de cabeza, claro.

 

Ahora ya despuntaban los primeros rayos de luz de la mañana. Se colaban sigilosamente por la ventana, como si fuera un ladrón en plena noche, sin querer despertar a nadie.

 

Contemplé la carita durmiente de Orlando, era realmente guapo. Estaba tumbado boca abajo. Apoyaba la barbilla encima de su brazo izquierdo y el otro lo tenía recto a su lado, pegado al cuerpo. Sonreí ligeramente. Con sumo cuidado fui directa al baño, entré por la puerta que daba en la habitación. Sin encender la luz y después de hacer pis, a tientas, me eché agua en la cara para despejar mi dolor de cabeza.

Al salir del baño, el bello durmiente estaba despierto. Se había colocado de forma transversal a la cama. Con los dos brazos tenía sujeta la almohada, donde reposaba su hermoso rostro. Y muy sonriente el chico, me dijo:

 

Orlando: Estás muy sexy, ayer por la noche no pude verte bien sin apenas luz.

 

Ángela: No digas bobadas, si es la misma ropa que llevaba ayer. –me puse una mano en mi cintura, palpé extrañada. Bajé la cabeza y entonces supe de qué me estaba hablando – ¡Pero si solo llevo la ropa interior!, ¿Se puede saber que le ha pasado a mi ropa?, Recuerdo que no me la quité…

 

Orlando: Confiaba en que no te acordaras… no quería que cogieras una pulmonía, tenías toda la camiseta empapada de agua.

 

Observé que Orlando también iba solo con los calzoncillos y la camiseta puestos. Me sonrojé de golpe. Al lado de la cama, en el suelo, estaba toda mi ropa. Me acerqué, cogí mi camiseta y me tapé por encima con ella. Orlando cogió de la camiseta y tiró de ella, haciéndome dar unos cuantos pasos hacía delante. Me indicó que quería decirme algo así que me agache, despacio, para escucharle.

 

Orlando: Sabes… Tienes una piel muy apetecible… –y me dio un beso el cuello.

 

Me hizo encogerme de hombros. Y mientras me ruborizaba, otra vez, le arrebaté la almohada de sus manos y le golpeé con ella, justo en el momento en que le decía:

 

Ángela: Orlando… estás muy raro por las mañanas, ¿lo sabías? –me separé de él inmediatamente y cambiando de conversación le pregunté– ¿Qué te apetece para desayunar?

 

Orlando: Puedo pedir tortitas… –yo le miré entre intrigada y sorprendida. Entonces no pude evitar reírme. Ahora fue él quién se sorprendió, y me preguntó – ¿Se puede saber de qué te ríes? ¿A caso no puedo pedir tortitas?

 

Yo le hice un ademán de manos, no podía parar de reír. Entre risas le contesté:

 

Ángela: No, no es por eso ¡Pero no lo vuelvas a decir, por favor! Ja, ja, ja –mientras me reía sin parar.

 

Orlando: Me piensas contar porqué te hace tanta gracia la palabra tor-… –le tapé la boca para que no lo dijera de nuevo, cogí aire y le dije:

 

Ángela: Vale, vale… pero si te lo digo me prometes no volver a repetir esa palabra. él asintió con la cabeza. Pensándolo mejor… ¡No, no puedo contártelo!

 

Orlando: Sino me lo cuentas voy a repetir la palabra todas las veces que haga falta –me amenazó. Yo aguanté la risa y él, decepcionado, me cogió por los hombros y me tumbó de golpe en la cama para poder hacerme cosquillas, y  repetir como si fuera un loco: “Tortitas, tortitas…”.

 

Al final le dije que parara, que ya no aguantaba más. Él, triunfante me dijo:

 

Orlando: Ya puedes contármelo, sino… ya sabes lo que te espera de nuevo.

 

Abrí los ojos y contemplé el techo de mi habitación. Después vi como Orlando se tumbaba de lado en la cama y apoyándose solo con una mano me miró, esperando mi respuesta:

 

Ángela: De acuerdo pero no te rías, ¿ok? cogí aire y empecé a contarle el porqué de las “tortitas”– Resulta que me leí un fanfic sobre ti y una chica, y resulta que para desayunar pedías tortitas. Pero en vez de comer las tortitas, la chica se te acercaba a la cama, con chocolate desecho y nata… –miré a Orlando, entonces me puse toda colorada, así que desvié la mirada y volví a coger aire–  y cuando llega a a la cama… te provoca vertiendo el chocolate sobre tu pecho, lo lamía y tu te, te…, …

 

Me mordí el labio inferior, ya no podía estar más roja de cómo lo estaba. Orlando se acercó a mí, me pasó la mano por los cabellos y me susurro a la oreja:

 

Orlando: Dímelo… quiero oírlo de tus labios. –entonces bajó su cabeza hasta mi cuello y lo besó. Yo me estremecí y se me pusieron los pelos de punta. Él volvió a repetir– Dímelo… dímelo… –para seguidamente volverme a besar en el cuello. Tragué saliva y casi imperceptiblemente, dije:

 

Ángela: …Tú te excitabas. –y cerré muy fuertemente los ojos.

 

Orlando fue subiendo sus besos hasta llegar a mi barbilla, entonces se detuvo. Yo abrí los ojos de golpe. Y vi que Orlando me estaba mirando fijamente. Alcé mi mano temblorosa y le eché el pelo hacía atrás, para después quedarme en su mejilla. Lo miré fijamente a los ojos. Y le dije:

 

Ángela: Esto no venía en el trato… sólo era dormir. Con haber despertado a tu lado ya soy la mujer más feliz del mundo.

 

¿Por qué coj*** había dicho aquello? Mi mente y mi boca decían lo contrario de lo que mi cuerpo pedía. Y en ése momento me pedía más de sus besos, más de sus caricias y más de todo. Él se acercó a mi boca y me besó justo en la comisura de los labios. Retrocedió hacia atrás y me miró de nuevo, directamente a los ojos. Parecía como si tuviera sus dudas. Entonces le acaricié de nuevo la cara, aparté mi menté y solo sentí lo que me exigían a gritos mis hormonas. Agarrándole del cuello de su camiseta le atraje hacia mí. Pero me detuve a escasos centímetros de su boca. Y dejé que sintiera mi aliento junto con el suyo. Esperé que los centímetros que faltaban los recorriera él. Nos unimos en un tierno beso. Orlando exploró mi boca y yo la suya, hasta que nos quedamos casi sin respiración. Al mismo instante que él atacaba mi hombro, con suaves besos, yo lo hacía con su oreja. Delicadamente agarró la camiseta que llevaba solo puesta por encima y me fue desprendiendo de ella poco a poco.

Entonces mi mente volvió, y apartó mis hormonas por un instante. Tuve un flash-back de la tarde anterior y me acordé de lo que Orlando había dicho a los periodistas: “Ella no es mi tipo (…) es solo como mi hermana pequeña”.

Mis besos cesaron de pronto. Él apartó la camiseta y su mano comenzó a ascender por mi cuerpo. Con un impulso le agarré la mano, para que ésta no subiera más de la cuenta. Y muy a mi pesar le dije:

 

Ángela: ¡No, para! –Orlando subió la cabeza y me miró fijamente.

La verdad es que si tenía que ser sincera, con su mirada tan cerca no podía decir que no. Y dejé que su mano ascendiera un poco más. Pero lo volví a sujetar y ésta vez no la solté. Aunque deseaba que no parara, sabía que si seguía, me mentiría a mi misma. Orlando decía que solo me veía como “una hermana pequeña”, no como mujer. Así que dije:

 

Ángela: Orlando… –buscando su mirada– Tú y yo sabemos que no soy tu tipo. Así que por favor, mejor será que lo dejemos aquí y no estropeemos este día.

 

Él mantuvo la mirada unos segundos, después bajó la cabeza y salió de encima de mí. Se sentó a los pies de la cama y se pasó las manos por los cabellos para colocárselos detrás de las orejas, luego dijo:

 

Orlando: Lo siento mucho, yo no quería…emm…que quieres que te diga… pero ahora no puedo –miró hacía abajo. Yo me incorporé y miré también hacia abajo. En los calzoncillos había un bulto y parecía que “eso” ya estaba muy tieso. Fue la primera vez que vi a Orlando sonrojarse.

 

Ángela: Emm… No te preocupes… ve a ducharte, yo de mientras prepararé el desayuno, ¿vale?

 

Le una toalla y se dirigió al baño. Me recogí el pelo con un pasador y me fuí hacia el comedor. Respiré profundamente, para poder alejar todos mis pensamientos que me venían a la cabeza. Observé que la luz del contestador parpadeaba, así que me aproximé y pulsé el botón. Entré en la cocina i saqué la leche de la nevera, cuando la voz robotizada del contestador se escuchó: “Buenos días, Ángela. ¿Cómo te encuentras?. ¿Lo de esta tarde sigue en pie? Por cierto, mira en tu rellano, te he dejado algo… ¡Ah! Soy David, nos vemos esta tarde…”.

Dejé la leche en el mármol de la cocina y me dirigí, intrigada, hacia la puerta. La abrí y me encontré con una bolsa y un vaso de cartón de nuestra cafetería, que seguramente contendría café. Cogí la bolsa y la abrí con curiosidad. Oí la puerta del baño y, acercándose, Orlando me dijo:

 

Orlando: ¿Qué hay en la bolsa?

 

Ángela: No lo sé… la ha dejado David. Qué detalle…

 

Era un trozo de pastel de chocolate. Y tenía una pinta irresistible. Era el pastel que más me gustaba. Suerte que no estaba Lin, porque a ella también le encantaban los de chocolate. Pero este era para mi sola… Me fijé que dentro había una nota: “Tómate el café, te sentará bien, aunque se que te gusta más el chocolate caliente. David..

Orlando estaba detrás de mí, su cabeza asomaba por encima de mi hombro. Me giré con una sonrisa, mientras decía:

 

Ángela: Qué atento –Orlando estaba observando la nota con atención. Estaba mojado y tenía enrollada la toalla en la cintura, dejando al descubierto su torso por donde corrían gotas de agua. Me quedé en blanco, no podía pensar.

 

Orlando me decía algo pero no conseguía centrarme. Me dió un golpecito con un dedo en la frente, parpadeé y sonreí tímidamente:

 

Ángela: Ha dejado café y un trozo de pastel de chocolate. Ha pensado en todo… –mientras decía esto Orlando puso una cara molesta, y seguidamente, en un arrebato, me quitó de las manos el pastel y le dio un gran mordisco.

 

Abrí los ojos de golpe, y señalándolo le grité:

 

Ángela: ¡Aaahh! Te has comido mi pastel de chocolate… esto no te lo perdono… –mientras se acababa de comer el último pedazo, dijo con la boca aun llena:

 

Orlando: Ptse… Tampoco estaba tan bueno… –cogí el café del lado del felpudo de la entrada,  y me dirigí a la cocina, mientras decía en un tono “enfadado”:

 

Ángela: Haz el favor de ponerte algo… y… me debes un pastel de chocolate.

 

Almorzamos y le agradecí que se hubiera quedado toda la noche. Pero aún así le recordé  que me debía el trozo de pastel que me había robado. Después de que Orlando se hubiera ido, me dediqué a hacer un poco de limpieza. A la hora de la comida Lin vino a mi casa y comimos juntas, charlando de nuestras cosas:

 

Ángela: ¿Cómo te encuentras? ¿Muy cansada? –le dije sonriente a Lin, mientras me metía una “cucharada” de espaguetis en la boca.

 

Lin: Ni que lo digas, no veas como tengo la cabeza… –me contestó ella. La miré divertida:

 

Ángela: ¿No has podido dormir en toda la noche o alguien no te ha dejado dormir? –le dije entre risas.

 

Lin: Jajajaja, qué mala…me has pillado –y me guiñó un ojo, pero entonces le dije:

 

Ángela: Pues… yo tampoco he pasado la noche sola… Lin me miró sorprendida, no, más bien muy sorprendida, que eso era lo que yo quería– Orlando se quedó a dormir…

 

Lin: ¡Has pasado la noche con O-R-L-A-N-D-O! Serás gu****… Ya me lo estás contando con pelos y señales –con un movimiento de manos le dije que frenara.

 

Ángela: He dicho que solo ha pasado la noche conmigo, no que pasara nada. Lin me cortó y afirmó:

 

Lin: Ya, seguro…habéis dormido en la la misma cama y no ha pasado nada… ¿Porque habéis dormido en la misma cama, ¿no? –preguntó expectante. Yo afirmé con la cabeza:

 

Ángela: Le conté lo de mi ex Lin me miró preocupada– Necesitaba hablar con alguien y tú estabas ocupada sonreí– Me escuchó en silencio, y estuvo a mi lado todo el tiempo.

 

Lin: Ya veo… así que ya estás mejor… ¡me alegro! Pero mira que no aprovechar la situación –me regañó, pero yo alegué:

 

Ángela: Él no me ve como mujer, y a parte quizás sienta algo por otro…

 

Zanjamos la conversación allí. Al terminar de fregar los platos me arreglé, ya que había quedado con David para encontrarnos en nuestra cafetería. Quería enseñarle la Historia que estaba escribiendo. Y saber si valía la pena o no.