Capitulo 10
Así pues, Lin, Adam y yo cogimos un coche y
nos dirigimos a nuestros apartamentos. Lo encontré un poco extraño, ya que era
bastante tarde y había mucho tráfico en nuestra calle. Cuando conseguimos
aparcar, fuimos un momento al supermercado y compramos lo que necesitábamos. Habíamos
pensado hacer pasta con nueces, aceite y algunas especies. La receta era típica
del país de Adam.
Al llegar vimos
que toda la acera estaba repleta de gente. Con cuidado y pidiendo permiso
fuimos abriéndonos paso hacía nuestro portal. Lin
preguntó a alguien de nuestro lado si sabía que ocurría, y contestó que en el
segundo piso del número 34 se había producido un accidente, pero no sabia nada
más. Se encogió de hombros y negó con la cabeza. Lin
se detuvo en seco. Como ella iba la primera me topé de bruces con ella y Adam conmigo. Giró un poco el cuello para mirarme y me
dijo:
Lin: Espera un momento… ¿El número 34 y el segundo
piso? ¡An! Ése es tu piso. –dijo con cara alarmada– ¿Qué habrá podido pasar?
Yo,
estupefacta, empecé a chillar:
Ángela: ¡Dejen paso que ése es mi piso, por favor!
¡DEJEN PASOOO! –lo repetí unas cuantas
veces, a la vez que me iba abriendo paso entre la gente. Me preguntaba qué
había podido pasar. Un robo, quizás un incendio o inundación… no se me ocurría
nada (pero con lo despistada que era podría haber ocurrido cualquier cosa).
Alguien
me preguntó: “¿Has dicho que es tu piso?”.
Yo lo miré fijamente, asentí y le pregunté ansiosa si sabía qué había pasado. Otra
persona me preguntó dudosa: “¿Seguro que
eres la persona que vivé allí?”. Yo le dije que sí y les apremié para que
me dijeran que ocurría. Entonces comenzaron a chillar como locos: “¡Eh, es ésta chica! ¡Es ella!”.
De
pronto toda la multitud se giró hacía nosotros y aparecieron micrófonos y cámaras
por todas partes. Estábamos rodeados de periodistas. Empezaron a sacar
fotografías de nosotras. Reconocieron a Adam y
también fueron a por él. Mientras me acribillaban a preguntas, Lin y yo nos fuimos separamos poco a poco, hasta que quedó
a unos metros de mí. Nos separaban un gran número de cabezas y hombros de los periodistas
y reporteras. Alargué la mano para cogerla pero ya estaba demasiado lejos,
nuestros dedos sólo alcanzaron a rozarse unos milímetros.
Cada vez me apalstaban más y más, mientras me preguntaban: “¿Qué relación tienes con Orlando Bloom?”. “¿A caso eres pariente suya?”. Yo no entendía nada de nada, ¿Qué le había pasado a mí piso?. Me insistian con más preguntas: “¿Si no eres pariente, cuanto hace que os estáis viendo?”. “¿Antes o después de que rompiera con Kate?.
Al fin comprendí que por suerte no le había pasado nada a mi piso. Solo había sido una estrategema de los periodistas para descubrir de quién era el piso donde había estado Orlando, días atras.
Entre flash y flash de las cámaras, y ya medio aturdida me preguntaba: (“¿Cómo podían soportar todo aquél estrés los famosos?”). Vi a Adam llamando por teléfono. Pensé: (“Estará llamando a la policía, o mejor, a los bomberos. Porque si me aplastaban más no habría manera de despegarme de ellos”). Al cabo de pocos minutos, por el final de la calle apareció un coche plateado tocando el claxon sin parar. En cuanto oí cerrarse la puerta del coche todos los periodistas se volvieron hacia allí y me dejaron respirar por unos segundos. Por fin pude coger unas cuantas bocanadas de aire respirable. Entre los periodistas apareció Orlando, que con dificultad llegó hasta mi. Después, vi que Adam ya estaba con Lin en el portal. Y respiré, nunca mejor dicho, aliviada al ver que no le había ocurrido nada.
Miré a Orlando sorprendida, y antes de que tuviera tiempo, me preguntó:
Orlando: ¿Estás
bien, An? –yo le respondí, con una sonrisa burlona:
Ángela: Suerte que has llegado, sino me parece que
me hubieran comido entera.–Orlando me sonrió y me ayudo con las bolsas de comida que llevaba. Los flashes volvieron a aparecer y las preguntas también.
Orlando puso cara de malhumorado y contestó:
Orlando: Solo lo diré una vez, An
sólo es una amiga. No tiene NADA que ver con Kate. Así
que dejadla de una vez. Además, ¿cómo podéis decir esas cosas? Como he dicho
antes, es una amiga y no es pariente mía y por favor, ella no es mi tipo, ja, ja, ja…
–se rió– Es sólo como una hermana pequeña para mí. Iros y dejadnos disfrutar de una tarde
tranquila, ¿Ok? –con
eso terminó sus declaraciones.
Con la
mano que no llevaba las bolsas me rodeó por los hombros, para después atraerme
hacía él y poco a poco conseguimos llegar enteros al portal. Al final decidimos
mejor ir al piso de Lin, por si había algún paparazzi escondido esperando conseguir alguna instantánea a través de las ventanas. Orlando
nos pidió perdón a las dos. Al final le tuve que decir que parara, porque sino
se hubiera pasado la tarde entera pidiendo disculpas.
Sonó el
timbre. Lin y yo cogimos una paella al instante, como
si hubiéramos tenido telepatía, y nos dirigimos de inmediato a abrir. A la de
tres Lin abrió y gritamos al unísono con las paellas
en alto. Viggo y David, que estaban al otro lado de
la puerta, dieron un bote hacia atrás. Al ver sus caras y la escena que
habíamos montado nosotras, Orlando y Adam no pudieron
más que reírse a grandes carcajadas. Lin se acercó a Adam, lo miró unos instantes directamente a los ojos y le
dio un buen pisotón, mientras procuraba mantener su orgullo (ahora, por la
situación, debilitado). Por mi parte, y como Adam ya
había recibido, le grité a Orlando:
Ángela: ¡Haz el favor de no reírte! –como aun mantenía la paella en alto, sin
darme cuenta (y por mi instinto agresivo) se la arrojé, con tanta mala suerte
que fue a parar directamente contra su cabeza y cayó de culo en el sofá. Me llevé las manos a la boca y con los ojos muy
abiertos grité– ¡ORLANDO! ¿Estás bien? Dime algo…
–me apresuré a decirle.
Él se
puso las dos manos en la frente y solo me contestó:
Orlando: ¡¡Aught!! Eso
duele… seguro que lo has hecho a propósito, por lo de antes… –yo simplemente le contesté:
Ángela: No digas bobadas. Ven conmigo a la cocina
que te pondré hielo antes de que se te hinche. –me aproximé a él y, cogiéndole de la mano, le levanté del sofá. Él, en
un tono dulce, me dijo:
Orlando: Si mamá. –y me siguió obediente hasta la cocina.
La cena
fue estupendamente bien. La verdad, tenía que reconocer que Adam
era un buen cocinero. Lin estaría contenta. Hablamos
distendidamente de muchas cosas y en concreto de nada, una charla típica entre
buenos amigos. Adam y Lin
no pararon de jugar por debajo la mesa durante toda la cena. Lo se porque una
de las veces Adam se equivocó y por error me rozó a
mí con su pié.
Al
levantarnos de la mesa Orlando, como aun le sabía mal lo sucedido con los
periodistas, se ofreció a lavar los platos. ¿Y quién se lo iba ha impedir? Ya
que insistía... Pero como a mi me supo mal haberle tirado la paella en plena
frente, me ofrecí para ayudarle.
Nos
pusimos manos a la obra. Nos enfundamos los guantes de plástico y mientras él
enjuagaba, yo frotaba.
Al cabo
de un rato, David sacó la cabeza por la puerta de la cocina. Sigilosamente, sin
que lo viéramos, se acercó hacia nosotros y cogiéndonos por sorpresa nos dió un buen susto. Yo le di un golpe en el brazo con los
guantes llenos de espuma. Él levantó una ceja y, señalando la espuma que ahora tenía
en la manga de su camisa, puso cara de malo
mientras decía:
David: Yo venía a buscar una bayeta para limpiar
la mesa, pero viendo que quieres pelea…
Empezó
hacerme cosquillas por la espalda. Yo solté de golpe el plato que tenía en las
manos y me revolví. Él me levantó del suelo, no lo tuvo difícil porque era un
palmo más alto que yo. Mientras él me sostenía en alto, por detrás, yo no paraba
de patalear para que parara.
Al cabo
de unos instantes, y entre risas, oí decir a Orlando:
Orlando: ¡Hey, David! –y sin esperar un segundo, le tiró la bayeta– No querías la bayeta, ¡cógela!
Yo la
esquivé, tirando la cabeza hacía un lado, pero a David se le estampó en plena
cara y se le quedó unos instantes pegada. Entre todo, David me soltó, y
seguidamente le cayó la bayeta directamente en las manos. Orlando y yo no podíamos
parar de reír, ya me dolía la barriga de tanto hacerlo. Respirando dificultosamente
me acerqué ha Orlando y le dije:
Ángela: ¡Tres puntos colega*! –mientras levantara la mano para que me la chocara. Orlando me sonrió y chocó mi mano. Me
sorprendió porque después miró a David con frialdad.
El
resto de la noche no sufrimos ningún accidente más. Nos sentamos en los sofás
del comedor, y jugamos a cartas. Hicimos intercambio cultural, por así decirlo.
Ellos nos enseñaron juegos típicos de allí y nosotras juegos que solíamos jugar
a menudo en España. Como “El Remigio” o “La mona” que se juega con una baraja española. Entonces Lin sacó botellas de vino rosado. Se le ocurrió la gran
idea de que quién perdiera tendría que beber una copa entera. Como era de
esperar, la suerte no estuvo de mi lado. A parte, creo que Lin
se compinchó con Adam para que a mí me tocara beber.
Aunque no fui la única que pringó. Yo
me encargué de eso. Viggo y David se compincharon conmigo
para hacer beber a Lin y Adam.
Al final terminamos los tres un poco “idos”,
ya que no parábamos de reírnos por tonterías. Vaya, que teníamos la risa floja.
Como a Viggo y David no les había tocado beber, no
quisieron ser menos y agarraron la botella (ya llevábamos unas cuantas) por su
cuenta. El único que estaba bien era Orlando, que como no le gustaba beber se
quedó un poco al margen. A mí no es que me gustara, pero me obligaron.
Al
final aquello era un caos, todos hacíamos trampas, incluso Orlando que se lo
pasaba fenomenal viéndonos a nosotros hacer el “capullo”. Y sin poder distinguir los seis de los nueves. En ese
momento sonó por la radio una canción que tanto a Lin
y a mí nos encantaba. Era Bounce. Así que nos subimos de pie en cima del sofá y
empezamos a bailarla. Lin cogió a Adam
por las solapas de la chaqueta y lo atrajo hacía ella. Él se puso de lo más
acaramelado con ella. Los demás nos miramos y decidimos que ya era hora de irse
y dejarlos a solas. Le indiqué a David que se acercara, con un movimiento de
dedo. Le cogí el rostro entre mis manos y descansando mi frente sobre la suya
le dije, mirándole a los ojos:
Ángela: Yo también quiero un hombre… ja, ja, ja…
pero así pareces más bien un cíclope, ja, ja, ja… –y me
reí de nuevo.
Después
David se ofreció para acompañarme a mi piso. Más bien se ofrecía para ayudarme
a subir las escaleras, porque tal y como íbamos me parece que no hubiera
llegado arriba. Entonces Orlando dijo:
Orlando: Es mejor que yo también os acompañe no sea
que pueda pasar-… –no le dió tiempo a terminar la frase, ya que me colgué de los
hombros de David y éste me sostuvo por la cintura.
Nos
despedimos de Viggo e intentamos subir el primer
escalón. Pero ni entre los dos pudimos acertar. Vino Orlando por detrás y nos
empujo a los dos. La mano de David, la que al principio tenía en mi cintura, fue
deslizándose poco a poco hacia abajo. Al llegar a mi trasero, me giré para
coger su mano y detenerle, pero entonces vi como
Orlando la volvía a colocar en su sitio inicial. Sonreí para mí y volví a mirar
hacia delante. Entre risas y empujones conseguimos llegar arriba, suerte que
era un piso porque me pareció eterno y una cosa muy complicada. Al llegar a mi
puerta nos apoyamos en ella, estábamos exhaustos. Orlando, que llevaba mi bolso,
buscó mis llaves. De mientras David y yo no parábamos de reinos a carcajadas.
Orlando nos hacía señas para que calláramos y no despertáramos a los vecinos.
Introdujo las llaves en el cerrojo y abrió. Pero como nosotros dos nos
estábamos apoyando en ella, cuando ésta se abrió de golpe caímos de bruces
contra la moqueta de mi apartamento. Con el golpe tan tremendo que nos dimos a mí
se me pasó la risa de golpe y les dije:
Ángela: Tengo mucho calor, ¡me estoy
esfixiando! –mientras me tiraba del cuello de la
camiseta, una y otra vez, sin parar.
Orlando
me trajo un vaso de agua, bebí un sorbo y el resto me lo tiré a la cara. El
calor se apaciguó durante unos instantes que me supieron a gloria. Entonces
dije:
Ángela: Tengo que ir en seguida al baño, y así
aprovecharé para refrescarme un poco. –Orlando
estaba intentando poner de pie a David, pero no lo acababa de conseguir.
Al
volver del baño, cuando llegué al comedor, aun me estaba subiendo los
pantalones. Orlando estaba mirando por la ventana. Fui hacia la puerta y miré
al suelo, pero David no estaba por ningún lado. Entonces miré en el pequeño
sofá que tenía. Pero tampoco estaba. Me agaché y miré debajo del sofá. Pero ni por
estas lo encontré. Orlando que me vio, preguntó medio riéndose:
Orlando: ¿Se puede saber qué estas haciendo? –yo indignada, como si no fuera del todo
obvio le contesté, poniéndome una mano en la cintura:
Ángela: Pues buscar a una persona, un poco más alta
que yo, con el pelo corto y de color castaño muy claro, con algunas mechas
rubias. Ojos gris oscuro y una sonrisa muy bonita…–dije, ocupada buscando– Estaba aquí hace
tan solo unos segundos y tú lo conoces, se llama, se llama... –me miró sorprendido y dijo:
Orlando: ¿Se llama David, quizás? –yo sonreí y le contesté:
Ángela: ¡Exacto! –Orlando me tendió la mano y me dijo:
Orlando: Acércate a la ventana, anda.
Me
levanté con dificultad, fui hacia él y le cogí la mano que me tendía. Él me
sujetó con fuerza para que no me cayera y abrió la ventana. Señaló hacia un
taxi. David estaba hablando con el conductor por la ventanilla. Yo grité su
nombre. Él se giró y se despidió con el brazo, chillando:
David: ¡¡Good night!! –y yo, devolviéndole el adiós le contesté:
Ángela: ¡See you tomorrow! (¡nos vemos mañana!).
Me
entró un escalofrío, ya que tenía toda la camiseta empapada de agua. Orlando me
rodeó con un brazo. Mientras con el otro cerraba la ventana. Después me rodeó
con los dos brazos y me frotó para que entrara en calor. Yo recliné mi cabeza
en su pecho. Unos instantes después me cogió de los hombros y me separó para mírame
a los ojos y decirme:
Orlando: ¿Estás mejor? Será mejor que te-… –tampoco terminó la frase porque al mirarme
descubrió que tenía los ojos humedecidos. Se sorprendió y antes que pudiera
decir nada más le pregunté yo:
Ángela: ¿Nos podemos quedar así un poco más? –él trazó una leve sonrisa y contestó:
Orlando: Claro, el tiempo que necesites. –yo volví a reclinarme sobre su pecho para
luego abrazarle.
Nos
quedamos un rato en silencio. Escuchando la respiración el uno del otro. Y
sintiendo como llenaba su pecho de aire para luego expulsarlo y así
sucesivamente. Las lágrimas aparecieron. Durante toda la noche las pude evitar,
hasta que Orlando me abrazó. Entonces supe que ya no me acordaba de lo que era
tener a un hombre al lado. Apoyándote en los momentos difíciles, y la ternura y
la calidez que desprendía su cuerpo, al estar tan cerca de éste. Me maldije a
mi misma. No quería recordarlo de nuevo, porque no quería volver a sentirme
desdichada por estar sola. Pero realmente necesitaba hablar con alguien.
Contarle mis preocupaciones y mis dudas.
*“Tres puntos colega”: Es la frase típica de una
serie de dibujos animados de cuando yo era pequeña. “Chicho Terremoto”. XDD